Parece imposible imaginar hoy un mundo sin redes sociales, o más sin generar / consumir contenido. Y eso que para mi, aparecieron tarde, no quiero imaginar como lo percibe quien las da por hecho.
Soy de una generación que creció en su infancia sin redes ni móviles, y en la adolescencia le apareció «internet» con su MSN Messenger o los móviles con SMS a 25 pesetas (0,15 € para las personas nacidas posteuros) que te dejaban los justo para «dar un toque» o ya en las últimas para enviar un «llámame que no tengo saldo»
Tengo que decir que escribir el párrafo anterior me ha hecho verme como a mi abuelo cuando me contaba historias de la guerra y me hablaba de «perrines» y «perronas» en temas de dinero. Me encantaba, pero me daba la sensación de que me contaba cosas de un mundo que «no existía».
Tiempo después llegó el Fotolog (una foto al día con algo de texto) y ya pasado 2007, hace casi 20 años, el Tuenti (nunca fui yo muy entusiasta de esta, pero claro que la tuve), Facebook… Ahí ya se empezaba a compartir más fotos y «estados» (tomando una birra con…. / viendo una peli en…) sin criterio ninguno, casi como salir de casa con el álbum de fotos en mano para enseñarlo a quien te encontraras.
Ya luego Twitter (ahora «X»), Instagram, LinkedIn… Este ha sido más o menos mi recorrido por las redes sociales. No añado TikTok, porque aunque la tengo por si me pasan algún enlace, no la abro para nada más y nunca he publicado contenido (no me engancha)
La idea de esta entrada, que no trata de ser más que un reflexión en «voz alta» (o escrita), nace de un momento fuera de las redes, una conversación con amigos, hablando mientras compartíamos la tarde y esperábamos a cenar. Charlábamos sobre el uso del móvil, sobre uno que se había quitado redes, otra que le enganchaban varias, una que pasaba de todo… la vida.
Aunque siempre he usado mucho las redes sociales y me gusta hacer fotos, compartir, ver contenido, contar en que ando currando, nunca he compartido de forma explicita mi vida personal (más allá de la foto de un concierto o un ruta de senderismo….) no creo que haya abusado mucho de ellas. En casa soy más de ver «la tele» (series o películas en plataformas), podcast, libros… con el móvil al lado con el modo «no molestar» activado y pausando la peli, cerrando el libro si lo cogía; no soporto hacer otra cosa móvil en mano. Si estoy con gente el móvil se queda guardado. En el trabajo (dando formación, por ejemplo) en silencio…
Aunque no me crea enganchado (o quizá me autoengañe como buen yonki) si que últimamente me he encuentro que en los ratos muertos (esperando por alguien, haciendo tiempo antes de entrar a algún sitio, momento baño…) haciendo un ritual de abrir una por una las redes, ver si hay notificaciones y acabar en eso que llama «scroll infinito» pasando el dedo y bajando por el contenido, viendo sin ver. Sobre todo en Facebook e Instagram. En otras como Twitter o LinkedIn, solo entro si voy a publicar algo, casi sin mirar que pone el resto. Y me ha dado por pensar que enganchado no, pero enredado en las redes… si (escribí el título con interrogaciones y así se quedará, pero a medida que escribía me queda claro que no debería llevarlas).
Lo que más me jode es que ya no me divierte tanto, ¿Cómo puede hacerlo ir en piloto automático? ver sin ver… ay. No me gusta pensarme como zombi.
Además, desde hace años también llevo las redes de mi empresa, El Taller ASC, y las propias de algún proyecto que gestiono.
Creo en el potencial que tienen las redes para difundir, todo lo que he creado en este blog se ha lanzado a través de ellas, ya que las he utilizado principalmente para contar la vida de «elcasopablo» ese animador de nariz roja ;O) pero creo que toca hacer un cambio.
No sé si será una «crisis de los 40», que el objetivo para el que las usaba ahora puedo hacerlo desde las redes de «El Taller», que me jode el algoritmo, o yo que sé. No tengo claro el próximo paso, después de todo esta entrada era una pensar «voz alta»
Eso si, pase lo que pase, este blog, seguirá.
Seguiré informando…