De que hablé en el III Congreso de Animación Sociocultural de la República Dominicana

Hay algo bastante curioso en dedicarse a la Animación Sociocultural. Puedes llevar media vida trabajando en ello, haber pasado por colegios, asociaciones, centros juveniles, proyectos comunitarios, administraciones públicas y unas cuantas salas de formación, y seguir teniendo que explicar a qué te dedicas exactamente. Y lo peor es que, dependiendo del día, de quién te pregunte o de las ganas que tengas de meterte en semejante jardín, probablemente termines dando una explicación diferente. A veces somos educadores, otras dinamizadores, otras monitores, otras gestores culturales y, cuando la conversación empieza a complicarse, siempre podemos recurrir a eso de que «trabajamos con grupos y comunidades», aunque tampoco es que aclare demasiado las cosas.

Y aquí estamos, tantos años después, todavía intentando explicar qué demonios es la Animación Sociocultural. Lo curioso es que, mientras seguimos discutiendo sobre definiciones, funciones, competencias y perfiles profesionales, continuamos haciendo cosas, muchas cosas, algunas estupendas y otras que probablemente no tengan demasiado que ver con aquello que decimos defender.

Todo esto viene a cuento de que he tenido la oportunidad de participar como ponente invitado en el III Congreso de Animación Sociocultural de la República Dominicana, organizado por el Ministerio de Cultura del país. Una experiencia que me ha llevado hasta Santo Domingo para pasar tres días hablando, escuchando, compartiendo experiencias y descubriendo otras maneras de entender una profesión que, después de tantos años, continúa despertándome interés, entusiasmo y unas cuantas contradicciones. Porque una de las cosas que más agradezco de estos encuentros es que te obligan a salir de tu propia realidad, a dejar de pensar que las cosas funcionan igual en todas partes y, sobre todo, a revisar algunas de esas certezas profesionales que vamos acumulando casi sin darnos cuenta.

Mi conferencia llevaba por título «La práctica de la Animación Sociocultural: experiencias y desafíos contemporáneos». Un título suficientemente serio como para aparecer en el programa de un congreso internacional, aunque lo que pretendía contar era bastante menos solemne. Quería hablar de cómo entiendo la Animación Sociocultural después de años trabajando en ella, de algunas experiencias que me han permitido construir esa manera de intervenir y, especialmente, de las preguntas que creo que deberíamos hacernos quienes nos dedicamos a esto. Porque tengo la sensación de que hemos aprendido a describir muy bien lo que hacemos, pero no siempre dedicamos el mismo esfuerzo a preguntarnos por qué lo hacemos, para quién lo hacemos o qué consecuencias tiene.

Animar no es entretener, aunque tampoco pasa nada por divertirse

Una de las primeras cuestiones que quise plantear fue precisamente esa confusión que acompaña a la Animación Sociocultural desde hace décadas. Seguimos asociando la palabra animación con entretener, divertir, organizar actividades o conseguir que un grupo de personas no se aburra demasiado. Y tampoco voy a ponerme exquisito, porque me dedico a esto y sé perfectamente que muchas veces utilizamos juegos, dinámicas, talleres, fiestas, actividades culturales y propuestas recreativas. Es más, algunas de las experiencias profesionales que recuerdo con mayor cariño tienen bastante más de juego que de grandes discursos sobre transformación social. El problema no está en las herramientas que utilizamos, sino en confundirlas con nuestra finalidad.

Porque organizar actividades no significa necesariamente hacer Animación Sociocultural, del mismo modo que utilizar una dinámica participativa no convierte automáticamente una intervención en participativa. Podemos preparar un taller maravilloso, conseguir que todo el mundo se lo pase estupendamente, terminar con una fotografía estupenda para Instagram y rellenar después una memoria hablando de cohesión grupal, empoderamiento y transformación comunitaria. Pero quizá, si somos mínimamente rigurosos, deberíamos preguntarnos si realmente ha ocurrido algo de todo eso o si simplemente hemos pasado una tarde agradable. Que tampoco estaría mal, por cierto, siempre que no pretendamos venderlo como si hubiésemos cambiado la estructura social del barrio.

Durante la conferencia insistí bastante en una idea que considero fundamental: la actividad es el medio, pero el proceso es lo importante. Y creo que aquí tenemos uno de nuestros grandes retos profesionales, porque nos hemos acostumbrado a trabajar con calendarios llenos, programaciones interminables y la necesidad permanente de demostrar que estamos haciendo cosas. A veces parece que un proyecto funciona mejor cuanto mayor es el número de actividades que consigue organizar, independientemente de lo que suceda con las personas que participan en ellas. Nos preocupamos por la asistencia, por las fotografías, por los cuestionarios de satisfacción y por completar los indicadores que habíamos prometido, pero no siempre encontramos tiempo para observar qué está ocurriendo realmente dentro del grupo.

Y no se trata de despreciar las actividades ni de exigir que cada taller tenga que provocar una revolución. Se trata, sencillamente, de recuperar la intencionalidad educativa y comunitaria de nuestro trabajo. Antes de decidir qué dinámica vamos a utilizar, quizá deberíamos preguntarnos qué queremos activar con ella. ¿Queremos que las personas se conozcan, que establezcan vínculos, que descubran capacidades, que aprendan a organizarse, que participen en una decisión o que se impliquen en su entorno? Porque dependiendo de lo que pretendamos conseguir, tendremos que diseñar propuestas diferentes. Y porque, por mucho que nos guste una actividad y por estupendamente que nos haya funcionado en veinte ocasiones, puede que en la vigesimoprimera no tenga absolutamente ningún sentido.

La participación, esa palabra que nos encanta utilizar

Otra de las cuestiones que ocupó buena parte de mi intervención fue la participación. Y reconozco que es un tema con el que me estoy volviendo especialmente pesado, quizá porque cuanto más trabajo en procesos participativos, más cuenta me doy de la facilidad con la que utilizamos el concepto y de lo complicado que resulta llevarlo a la práctica con cierta coherencia.

Hoy prácticamente todo es participativo. Tenemos jornadas participativas, talleres participativos, encuentros participativos, reuniones participativas y proyectos participativos en los que, en ocasiones, las personas participantes tienen aproximadamente la misma capacidad de decisión que las sillas sobre las que están sentadas. Hemos conseguido que la participación se convierta en una especie de adjetivo imprescindible para cualquier iniciativa social, cultural o educativa, aunque eso no signifique necesariamente que estemos dispuestos a compartir el poder de decidir.

Durante la conferencia planteé una pregunta que me parece bastante más incómoda que cualquier definición teórica: ¿qué parte de nuestros proyectos estamos realmente dispuestos a dejar que decidan las personas? Porque una cosa es preguntar qué les gustaría hacer y otra bastante diferente es permitir que intervengan en la definición de los objetivos, en la organización de las actividades, en la utilización de los recursos o en la evaluación de los resultados. Y no siempre podemos dejar que todo se decida colectivamente, por supuesto. Existen límites económicos, legales, organizativos e institucionales que debemos reconocer. Pero precisamente por eso me parece fundamental ser claros sobre qué cuestiones pueden decidirse, cuáles no y por qué.

Hace tiempo que tengo la sensación de que, en demasiadas ocasiones, diseñamos proyectos para las personas cuando deberíamos intentar construirlos con ellas. Y esta diferencia, que parece una tontería lingüística, cambia bastante nuestra manera de trabajar. Significa aceptar que los grupos tienen intereses, conocimientos, ritmos y capacidades propias; que no siempre van a querer lo que nosotros habíamos previsto y que, a veces, nuestra función profesional consiste precisamente en apartarnos un poco para dejar que otras personas asuman el protagonismo.

Desde esta perspectiva compartí cinco verbos que resumen bastante bien mi manera de entender la intervención sociocultural: escuchar, conectar, participar, acompañar y evaluar. Escuchar antes de diseñar, porque resulta bastante absurdo pretender intervenir sobre una realidad que desconocemos. Conectar personas, recursos y oportunidades, porque muchas veces no necesitamos inventar nuevos proyectos, sino favorecer encuentros entre iniciativas que ya existen. Participar, entendiendo que eso implica capacidad de decisión y no únicamente presencia. Acompañar sin sustituir, algo especialmente complicado cuando tenemos la tentación de resolverlo todo nosotros mismos. Y evaluar, no solo para justificar lo que hemos hecho, sino para aprender de nuestros errores y modificar aquello que no está funcionando.

Porque, por mucho que nos cueste reconocerlo, también nos equivocamos. Hay actividades que no funcionan, grupos con los que no conseguimos conectar, proyectos que terminan teniendo menos sentido del que imaginábamos y procesos que no producen los resultados esperados. Y quizá uno de los aprendizajes más importantes de la experiencia profesional sea asumir que no existe una dinámica universal, que las personas no son piezas intercambiables y que tener una programación perfectamente diseñada no significa necesariamente estar preparado para lo que va a ocurrir.

De las grandes palabras a las pequeñas cosas

Una parte de la conferencia estuvo dedicada a compartir experiencias profesionales vinculadas a la juventud, el ocio educativo y la formación. Proyectos de corresponsales juveniles, actividades comunitarias, propuestas de convivencia, experiencias educativas y diferentes iniciativas en las que el juego, la cultura y la participación han servido como herramientas para trabajar con personas y grupos.

Y mientras preparaba esa parte de la intervención me di cuenta, una vez más, de que muchas de las experiencias que considero más valiosas no son necesariamente las más espectaculares. A veces recordamos una actividad porque salió especialmente bien, porque conseguimos reunir a muchísimas personas o porque tuvo una repercusión considerable. Pero hay otros momentos bastante menos llamativos que, probablemente, tienen una importancia mucho mayor para quienes los viven. El día en que una persona se atreve a hablar delante de un grupo, cuando unos jóvenes deciden organizar algo por iniciativa propia, cuando alguien descubre que puede asumir una responsabilidad que nunca se había planteado o cuando un grupo comienza a funcionar sin necesitar que estemos permanentemente indicándole qué tiene que hacer.

Son cosas pequeñas, sí. Tan pequeñas que muchas veces ni siquiera aparecen en las memorias de los proyectos, porque no resultan especialmente fáciles de convertir en porcentajes o indicadores. Pero creo que una parte importante de nuestro trabajo se encuentra precisamente ahí, en esos cambios cotidianos que no siempre tienen una fotografía que los acompañe y que, sin embargo, pueden abrir posibilidades nuevas para las personas.

Quizá por eso sigo defendiendo que la Animación Sociocultural debería preocuparse más por activar capacidades que por fabricar dependencia. Porque nuestro trabajo no consiste en convertirnos en imprescindibles para que las cosas sucedan, sino en contribuir a que otras personas puedan ponerlas en marcha. Y esto tiene algo de paradójico, porque probablemente uno de los mejores resultados profesionales que podemos conseguir sea que, llegado un momento, un grupo ya no nos necesite de la misma manera.

No deja de resultar curioso que hablemos tanto de autonomía y empoderamiento mientras, en ocasiones, construimos proyectos que únicamente funcionan porque hay una persona profesional organizándolo absolutamente todo. Quizá deberíamos revisar también esa contradicción.

Los desafíos de una profesión que sigue intentando encontrar su sitio

Además de compartir experiencias, quería aprovechar el encuentro para hablar de algunos desafíos que considero especialmente importantes para el presente y el futuro de la Animación Sociocultural. El primero, como ya he comentado, tiene que ver con superar esa participación de escaparate que utilizamos con demasiada facilidad. Necesitamos construir procesos donde las aportaciones de las personas tengan consecuencias visibles, donde existan mecanismos para devolver resultados y donde participar no termine convirtiéndose en una experiencia frustrante porque, después de pedir opinión, nadie vuelve a explicar qué ha sucedido con ella.

Otro desafío tiene que ver con la digitalización y la inteligencia artificial. Vivimos un momento en el que aparecen herramientas nuevas constantemente y en el que resulta tentador pensar que todo puede mejorarse incorporando tecnología. Y, evidentemente, las posibilidades son enormes. Podemos generar materiales, facilitar procesos creativos, mejorar la comunicación, acceder a información y diseñar recursos que hace unos años nos habrían parecido imposibles. Pero conviene no perder de vista que ninguna herramienta sustituye por sí misma el vínculo educativo, la escucha o la presencia comunitaria. Podemos tener la mejor plataforma del mundo y seguir sin conocer las necesidades de las personas con las que trabajamos. Y también podemos organizar un proceso extraordinariamente valioso con unas cuantas sillas, una mesa y la disposición de escucharnos.

La inclusión fue otro de los aspectos que quise destacar. Porque también aquí tenemos cierta tendencia a confundir conceptos y a dar por conseguido algo que quizá no lo esté tanto. Que una actividad esté abierta a todo el mundo no significa necesariamente que todas las personas puedan participar en igualdad de condiciones. Existen barreras físicas, comunicativas, económicas, sociales y actitudinales que pueden impedir que alguien forme parte de un proceso, incluso aunque formalmente tenga permitido asistir. Por eso defendí que incluir no es únicamente permitir estar, sino garantizar posibilidades reales de participar y decidir. Y que la diversidad debería estar presente desde el momento en que diseñamos una intervención, no aparecer como un problema que intentamos resolver cuando descubrimos que nuestra propuesta no sirve para determinadas personas.

Y, finalmente, quise hablar de algo que me parece especialmente importante y que probablemente no reivindicamos con la suficiente contundencia: las condiciones laborales de quienes nos dedicamos a la Animación Sociocultural. Porque hemos construido una profesión muy vinculada al compromiso, a la vocación, a la implicación personal y a las ganas de hacer cosas. Y todo eso está muy bien, hasta que termina utilizándose como argumento para normalizar la precariedad.

Tengo la sensación de que en nuestro sector hemos romantizado demasiado aquello de trabajar por vocación. Parece que, como nos gusta lo que hacemos, tenemos que estar permanentemente disponibles, aceptar determinadas condiciones o asumir que los proyectos salgan adelante gracias a esfuerzos personales que superan ampliamente nuestras responsabilidades profesionales. Y no, la vocación no debería servir para justificarlo todo. Necesitamos personas comprometidas, pero también profesionales reconocidos, condiciones laborales dignas, equipos suficientes, recursos adecuados y posibilidades de desarrollo profesional. Porque no tiene demasiado sentido defender la transformación social mientras normalizamos situaciones laborales que contradicen buena parte de los valores que decimos promover.

La calidad de la intervención no depende únicamente de la creatividad de quienes trabajan en ella. También depende de que existan condiciones para planificar, coordinar, evaluar, formarse y descansar. Y de que los proyectos no tengan que sostenerse eternamente sobre dos o tres personas que terminan convirtiéndose en imprescindibles porque nadie ha previsto cómo garantizar su continuidad.

Cruzar el Atlántico para seguir hablando de lo mismo, pero de otra manera

Una de las cosas más interesantes de participar en este Congreso ha sido descubrir otras realidades profesionales y comunitarias. Porque, aunque compartamos conceptos, metodologías e incluso determinadas preocupaciones, los contextos son diferentes y sería bastante ingenuo pensar que la Animación Sociocultural se desarrolla del mismo modo en todas partes.

Durante estos tres días he tenido la oportunidad de escuchar experiencias, intercambiar impresiones y conocer diferentes perspectivas sobre el papel que puede desempeñar la Animación Sociocultural en República Dominicana. También he podido participar en una mesa de trabajo vinculada al desarrollo de las políticas culturales del país, algo que me parece especialmente significativo porque pone sobre la mesa una cuestión que no siempre tenemos suficientemente presente: la necesidad de que nuestra profesión no se limite a ejecutar actividades, sino que también participe en el diseño de las políticas públicas que afectan a las comunidades.

Me ha resultado especialmente interesante compartir reflexiones sobre la formación y el reconocimiento profesional de quienes se dedican a este ámbito. En España contamos con diferentes itinerarios formativos, desde la Formación Profesional de Animación Sociocultural y Turística hasta el Grado en Educación Social, pasando por las escuelas de animación y tiempo libre y sus diferentes titulaciones. Pero tener un recorrido formativo más estructurado no significa que hayamos resuelto todos nuestros problemas. Seguimos teniendo dificultades de reconocimiento, confusiones entre perfiles profesionales, diferencias importantes en las condiciones laborales y una tendencia bastante preocupante a reducir nuestra intervención a la organización de actividades.

Y quizá precisamente por eso el intercambio entre países resulte tan enriquecedor. Porque podemos compartir experiencias, conocer marcos formativos, analizar modelos organizativos y aprender de los errores que ya hemos cometido en otros lugares. Pero sin caer en la tentación de pensar que existe una única manera correcta de desarrollar la Animación Sociocultural. Sería bastante contradictorio defender durante una hora la importancia de escuchar a las comunidades y terminar proponiendo que un país reproduzca exactamente el modelo de otro sin tener en cuenta su realidad social, cultural y comunitaria.

En este sentido, me parece que República Dominicana tiene por delante una oportunidad interesante para seguir fortaleciendo la formación, la profesionalización y el desarrollo de la Animación Sociocultural, aprovechando su propia trayectoria cultural y comunitaria. Y me alegra haber podido compartir algunas ideas que puedan contribuir, aunque sea modestamente, a ese proceso.

Y después de todo esto, seguimos animando

Hay algo que me gusta especialmente de estos encuentros y es que, por muchas conferencias, mesas de trabajo, documentos y reflexiones que compartamos, al final siempre terminamos regresando a las mismas cuestiones: las personas, las relaciones, los grupos y las posibilidades de hacer cosas colectivamente. Quizá porque, por mucho que intentemos sofisticar nuestra profesión, buena parte de su sentido sigue encontrándose en algo tan aparentemente sencillo como favorecer que las personas se encuentren, participen y descubran que tienen capacidad para transformar alguna parte de su realidad.

Durante la conferencia recuperé el origen de la palabra animar, vinculado a dar vida y poner en movimiento. Y me parece una buena manera de recordar qué estamos intentando hacer, más allá de las denominaciones profesionales, las programaciones o las metodologías que utilicemos. No se trata de dar vida a comunidades que supuestamente carecen de ella, porque las comunidades ya tienen historias, relaciones, saberes y capacidades propias. Se trata de contribuir a que esas capacidades puedan encontrarse, reconocerse y ponerse en movimiento cuando sea necesario.

Me vuelvo de República Dominicana agradecido por la oportunidad de haber participado en el Congreso y, especialmente, por las conversaciones y los aprendizajes compartidos durante estos días. Quiero agradecer al Ministerio de Cultura de la República Dominicana la invitación y, de manera particular, a Rafael Rosario del Rosario, por la confianza, la acogida y por haber hecho posible que pudiera participar en esta experiencia. También a todas las personas con las que he tenido la oportunidad de intercambiar ideas, compartir experiencias y descubrir otras maneras de mirar nuestra profesión.

Después de tantos años dedicándome a la Animación Sociocultural, sigo encontrando motivos para defenderla, disfrutarla y cuestionarla. Supongo que eso también forma parte de lo que significa trabajar en algo que tiene mucho más que ver con las personas y sus realidades que con aplicar recetas previamente establecidas.

Y si algo me llevo especialmente de estos días es la confirmación de que, independientemente del lugar del mundo en el que nos encontremos, seguimos compartiendo algunas preguntas importantes sobre nuestra práctica profesional. Quizá no necesitamos encontrar una definición definitiva de Animación Sociocultural que deje satisfecho a todo el mundo. Quizá necesitamos preocuparnos más por demostrar, con nuestro trabajo cotidiano, para qué sirve y qué posibilidades es capaz de generar.

Porque, al final, animar socioculturalmente no consiste en llenar la vida de las personas de actividades, sino en contribuir a que tengan más capacidad para decidir qué quieren hacer con ella y con su comunidad.

Y eso, aunque no siempre quepa en una programación, sigue pareciéndome una razón bastante buena para continuar dedicándome a esto.

Una grata experiencia haber compartido con los compañeros y compañeras de Dominicana ;O)

 

III Congreso de Animación Sociocultural de República Dominicana

«Novedades» en la docencia de certificados profesionales…

Me gusta estar informado de los ámbitos en los que me muevo, y uno de ellos es ser formador o docente de Certificados Profesionales (antes: certificados de profesionalidad)

Pues últimamente en LinkedIn, están dando la vara con el cambio del certificado SSCE0110, Docencia de la Formación Profesional para el Empleo; por el SSC_C_017_5B, Habilitación para la docencia en grados A, B y C del Sistema de Formación Profesional. Este último es el nuevo Certificado Profesional regulado por el Real Decreto 86/2026.

¿Qué pasa si ya tengo el antiguo SSCE0110? NADA. Calma gente, se reconoce la equivalencia automática de competencias para quienes ya poseían la titulación previa, sin exigir complementos formativos.

Puedo entender la preocupación, pero me fascina tantas lecturas sobre este cambio, y las «novedades» en en este ámbito. Así que me apetece compartir las que para mi son las novedades (al menos en mi realidad y contexto) de la docencia en el ámbito de los certificados profesionales…

Para poneros en situación, han pasado 13 años desde que impartí mi primer certificado. Por lo que aporto una visión desde años de experiencia.

Novedades en la docencia de certificados profesionales…

Cuesta la vida completar grupos. Ya no recuerdo el arranque de una acción formativa en la que se comience con todas las plazas cubiertas.

Alumnado fantasma. Se apunta, aparece unos días y luego no localizas en qué lugar de la tierra se han escondido.

Agendas misteriosas. Ok que tu realidad puede cambiar al segundo, y que tener trabajo es prioritario, pero me flipa la cantidad de personas que se apuntan y deben hacer malabares para no perder el certificado por faltas de asistencia por sus agendas…

«Hola soy la IA, y he venido a quedarme». A ver, que yo también la uso, pero para sistematizar no para inventar. En mi ámbito ya me han intentado colar varios proyectos hechos con Chati (ChatGPT, pero en cariñoso) y es que si no tienes criterio o idea de si lo que te propone la máquina es una aberración ¿qué?

Lectura / escucha comprensiva (dónde andarán). Vaya por delante que no hablo solo de personas jóvenes, puedo esgrimir que hay gente que «no se entera» en cualquier edad. Fruto de las pantallas y el estímulo constante, nos deja el cerebro frito.

Puntualidad. Ufff esta es de las que más rabia me da y es que tengo un problema con ello (llegar 10 minutos antes es llegar a la hora, llegar justo a la hora es llegar justo y llegar tarde es odioso) y soy bastante inflexible en este punto. Creo que la novedad ahora es no tener pudor a llegar tarde. Hace tiempo era menos común y concentrado en una persona, ahora es más habitual y en varias personas…. agh, no puedo.

En qué afectan estas novedades…

Afectan mucho más de lo que parece, porque no son solo “cosas molestas del alumnado”: terminan modificando la propia forma de impartir un certificado profesional.

Grupos que nunca terminan de arrancar. Cuando se empieza con plazas vacantes o con incorporaciones posteriores, cuesta crear identidad de grupo, establecer normas comunes y avanzar con un ritmo homogéneo. El docente acaba haciendo pequeños “reinicios” constantes para incorporar a quien llega.

Abandonos y alumnado fantasma. Rompen dinámicas, grupos de trabajo y actividades que estaban pensadas para un número determinado de personas. Además, en formación vinculada a requisitos de asistencia, evaluación y seguimiento, generan bastante más carga administrativa de la que se ve desde fuera.

Asistencia irregular. Obliga a impartir pensando simultáneamente en quien está siguiendo el curso y en quien faltó ayer, anteayer o la semana pasada. Aparece una especie de bucle permanente de “¿esto lo vimos?”, “¿me lo puedes explicar otra vez?” o “yo ese día no estaba”. Y eso ralentiza al grupo que sí mantiene una asistencia continuada.

Uso sin criterio de la IA. El problema no es utilizar ChatGPT, sino sustituir el pensamiento por ChatGPT. En un certificado donde se supone que estamos desarrollando competencias profesionales, entregar un proyecto impecablemente redactado que la persona no sabe explicar sirve de poco. Esto obliga también a cambiar la evaluación: menos “entrégame un documento” y más defenderlo, adaptarlo, justificar decisiones, resolver casos o trabajar en directo.

Menor comprensión sostenida. Si cuesta leer una consigna completa, escuchar una explicación de varios minutos o mantener la atención sobre una tarea, la metodología tiene que fragmentarse muchísimo más: instrucciones más breves, apoyos visuales, comprobaciones constantes, actividades cortas y cambios frecuentes de dinámica. Puede funcionar pedagógicamente, pero también existe el riesgo de acostumbrarnos a que cualquier aprendizaje tenga que competir permanentemente por nuestra atención.

Impuntualidad. No son simplemente diez minutos. Cuando entran varias personas tarde se interrumpe una explicación, hay que volver a contextualizar, se distrae quien estaba trabajando y se normaliza que el horario sea orientativo. Y en una formación profesionalizante hay algo más: puntualidad, responsabilidad, asistencia y compromiso también son competencias profesionales, aunque no aparezcan como una unidad didáctica.

En conjunto, creo que el efecto más importante es que cada vez dedicamos más energía docente a conseguir las condiciones necesarias para poder enseñar: reunir el grupo, mantenerlo, recuperar ausencias, reconducir atención, comprobar autoría y comprensión, recordar horarios… antes incluso de entrar en el contenido.

Y eso también cambia el papel del formador. Ya no basta con conocer el contenido y saber transmitirlo. Cada vez hay más de gestión de grupo, acompañamiento, motivación, adaptación metodológica, alfabetización digital y establecimiento de límites.

Lo paradójico es que muchos certificados buscan preparar a personas para incorporarse al mercado laboral. Y quizá algunas de estas “novedades” nos están señalando precisamente competencias que deberíamos trabajar de manera mucho más explícita: compromiso, autonomía, organización, comprensión, pensamiento crítico, responsabilidad y convivencia profesional ;O)

No, no nos están invadiendo. Y no, una persona extranjera no tiene la culpa de que tu alquiler cueste 900 euros

Hay una cosa que últimamente me fascina bastante: la facilidad con la que «hemos» conseguido convertir la inmigración en la explicación universal para prácticamente cualquier problema que tengamos. No hay vivienda: inmigración. La sanidad está saturada: inmigración. El colegio tiene demasiados chavales por aula: inmigración. Hay delincuencia: inmigración. Los salarios son una mierda: inmigración. No encuentras piso: inmigración. Tu barrio ha cambiado: inmigración. Y si mañana llueve tres días seguidos, probablemente alguien terminará diciendo que tampoco pasaba antes de que llegaran los menas.

Lo curioso es que esta explicación tan maravillosa tiene una ventaja enorme: no obliga a pensar demasiado. No obliga a preguntarse por la vivienda pública que no hemos construido, por los salarios que llevan años perdiendo poder adquisitivo, por el deterioro de determinados servicios, por la concentración de pobreza, por la precariedad laboral o por las decisiones políticas tomadas durante décadas. Todo eso es bastante complicado. Requiere datos, contexto y alguna que otra gráfica. En cambio, [INSERTAR AQUÍ NOMBRE EXTRANJERO] vive en el tercero B y se le ve perfectamente desde la ventana. Así que ese vecino del tercero, tiene muchas papeletas para acabar siendo el culpable. Y de eso va bastante el asunto.

Porque una cosa es hablar de inmigración y otra muy distinta hablar de invasión. La primera es una realidad demográfica, económica y social que puede analizarse y discutirse. La segunda es una palabra elegida para provocar miedo. Nadie habla de invasión porque haya hecho una tabla de Excel y haya llegado científicamente a esa conclusión. Se habla de invasión porque la palabra ya te dice lo que tienes que sentir antes de empezar a pensar.

España recibe mucha inmigración. Evidentemente. Según los datos de la Estadística Continua de Población del Instituto Nacional de Estadística, en 2026 vivimos en España cerca de cincuenta millones de personas y más de diez millones habían nacido fuera del país. Es un cambio demográfico importantísimo y negarlo sería tan absurdo como afirmar que Oviedo tiene playa.

Pero aquí empieza la primera trampa: nacido en el extranjero no significa inmigrante irregular. Tampoco significa extranjero. En esos diez millones hay ciudadanos comunitarios, trabajadores con permiso de residencia, estudiantes, personas refugiadas, profesionales, parejas de españoles, personas nacionalizadas y gente que lleva aquí más años que muchos de los que ahora les explican cómo funciona España. Y después están las llegadas irregulares, que son otra cosa.

Los balances del Ministerio del Interior muestran que en 2025 llegaron irregularmente a España unas 25.300 personas, más de un 40 % menos que el año anterior. Durante el primer semestre de 2026 fueron algo más de 12.000, frente a cerca de 18.000 en el mismo periodo de 2025. Son cifras que pueden generar una presión muy seria en territorios concretos y que necesitan medios, planificación y una política migratoria sensata. Especialmente en Canarias, Ceuta o Melilla.

Pero España tiene casi cincuenta millones de habitantes. Así que uno puede defender que esas llegadas deben gestionarse mejor. Puede defender más controles, más recursos o una política distinta. Lo que cuesta bastante más es llamar a eso invasión sin que se note un poco el cartón piedra.

Imagen de Tomasz en Pixabay

Luego está el inmigrante de WhatsApp. Ese es mi favorito. El inmigrante de WhatsApp llega a España, baja de una patera, recibe inmediatamente un piso, un teléfono móvil último modelo, una paga de 2.000 € y probablemente una suscripción a Netflix. No trabaja jamás, no paga un impuesto en su vida y se pasa las tardes esperando a que llegue el próximo español al que quitarle una ayuda.

El problema es que el inmigrante de WhatsApp vive muchísimo mejor que el inmigrante del INE. Porque según los datos de la Seguridad Social, en julio de 2026 España superó por primera vez los tres millones y medio de trabajadores extranjeros afiliados. Más del 15 % de todas las personas afiliadas a la Seguridad Social son extranjeras. En sectores como la hostelería, la agricultura o la construcción su peso es todavía mucho mayor.

Es decir, trabajan. Mucho, y además cotizan y hacen gasto aquí (que parece que hay que contarlo en modo A, B, C...) pagan IVA cuando compran, pagan IRPF cuando les corresponde, pagan alquileres, compran comida, utilizan transporte. Hacen todas esas cosas extrañísimas que también hacemos quienes hemos tenido la enorme fortuna administrativa de nacer dentro de unas determinadas fronteras.

También hay más de medio millón de autónomos extranjeros, según los datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Pagan cotizaciones (fíjate tú…)

Pero existe una especie de fenómeno óptico curioso. Cuando una persona extranjera cobra una prestación es inmediatamente «el inmigrante que vive de nuestros impuestos». Cuando esa misma persona paga impuestos durante veinte años, aparentemente deja de ser inmigrante. Misterios de la estadística política.

Otro clásico es aquello de que «llegan y les dan una paga». No. No funciona así. El Ingreso Mínimo Vital, que es probablemente la prestación que más bulos ha acumulado desde su creación, exige como regla general residencia legal y efectiva en España durante al menos el año inmediatamente anterior a la solicitud, además de requisitos de renta, patrimonio y composición familiar. Eso lo explica el propio Ministerio de Inclusión y lo recoge la Seguridad Social. Por tanto, una persona que acaba de llegar irregularmente no puede acercarse a una oficina y decir «buenas tardes, vengo a por mi paga de inmigrante» No existe. Puede recibir ayuda humanitaria, alimentación, alojamiento temporal o asistencia de emergencia. Por supuesto. Porque dejar a una persona sin comer y durmiendo en la calle quizá no debería ser el gran objetivo político de una sociedad civilizada. Pero atención humanitaria no es lo mismo que vivir permanentemente subvencionado.

Tampoco cobran más por ser extranjeros. La cuantía del Ingreso Mínimo Vital depende fundamentalmente de los ingresos del hogar y del número de personas que lo forman. En 2026 la renta garantizada para una persona sola se situaba algo por encima de los 730 euros mensuales, pero eso no significa que cualquier beneficiario reciba íntegramente esa cantidad. El IMV funciona completando los ingresos hasta determinados umbrales. Según los datos publicados por el Ministerio de Inclusión en marzo de 2026, la prestación media efectiva rondaba los 543 euros mensuales por hogar.

Hay otro detalle maravilloso que suele desaparecer en los vídeos donde alguien grita delante del móvil que «nos están robando las paguitas«: más del 40 % de las personas protegidas por el IMV son menores. Niños, niñas, adolescentes. Pero decir «estamos intentando reducir la pobreza infantil» genera bastante menos indignación que poner una foto de un señor extranjero y escribir debajo 1.800 EUROS AL MES POR VENIR EN PATERA.

Así funcionan muchas cosas ahora.

Después tenemos aquello de que nos quitan el trabajo. Siempre me ha resultado interesante porque implica imaginar la economía española como el juego de las sillas. Hay diez puestos de trabajo, llegan dos colombianos, se sientan y automáticamente dos españoles se quedan de pie.

No funciona exactamente así. Las personas que llegan también consumen. También alquilan. También compran. También necesitan peluquerías, bares, supermercados, transporte, ropa y servicios. También crean empresas y generan actividad económica.

El Banco de España estimó que entre 2022 y 2024 la población extranjera contribuyó directamente entre cuatro y siete décimas al crecimiento anual del PIB per cápita. La OCDE, en sus análisis sobre España, calcula además que los trabajadores migrantes han supuesto alrededor del 45 % del crecimiento neto del empleo en los últimos años.

Esto no significa que la inmigración sea una especie de máquina mágica de fabricar riqueza. También puede existir competencia en determinados empleos, especialmente en los peor pagados. Y existe un problema real de precariedad y explotación laboral.

Pero aquí quizá convendría señalar correctamente al responsable. Si un empresario contrata a una persona sin papeles por cuatro euros la hora para evitar pagar diez a otra persona, el problema no es el pobre desgraciado que acepta cuatro euros porque necesita comer. El problema es quien ha descubierto que puede utilizar su vulnerabilidad para empeorar las condiciones de todos.

Resulta mucho más cómodo enfrentar a los dos trabajadores. Uno cobra poco. El otro cobra todavía menos. Y mientras discuten entre ellos sobre quién está destruyendo España, quien les paga a ambos probablemente esté encantado.

También nos dicen que los inmigrantes están destruyendo nuestros barrios (esto ya me ha tocado hasta discutirlo con varias vecinas de portal…) Aquí hay que tener cuidado porque los barrios sí están cambiando. Y hay lugares donde el cambio está siendo rápido. Hay colegios con mucha concentración de alumnado extranjero, servicios sociales con sobrecarga, problemas de vivienda, segregación, dificultades de convivencia y zonas donde la integración no está funcionando como debería.

Todo eso existe. Negarlo sería bastante estúpido. Según el Ministerio de Educación, durante el curso 2024-2025 había más de 1,1 millones de alumnos extranjeros en el sistema educativo español, aproximadamente el 13 % del total, aunque con una distribución muy desigual según territorios y centros. Eso obliga a poner recursos.

Obliga a reforzar determinados colegios, a evitar la segregación, a trabajar desde los servicios sociales, a hacer política.

Lo que no obliga es a pensar que el problema es que una niña de Ecuador esté sentada en el pupitre de al lado. Porque muchas veces lo que llamamos «problema de inmigración» es en realidad un problema de pobreza concentrada. Si metemos en el mismo barrio vivienda barata, precariedad, servicios insuficientes y familias vulnerables de distintos orígenes, acabaremos teniendo problemas. Pero no porque haya una determinada nacionalidad. Porque hemos concentrado desigualdad.

La vivienda es probablemente el ejemplo más claro. España tiene un problema enorme de acceso a la vivienda y la llegada de más población aumenta la demanda. Por supuesto. Sería absurdo negarlo.

Así que quizá haya que preguntarse por qué llevamos décadas construyendo tan poca vivienda pública. Quizá haya que hablar de alquiler turístico, de especulación, de concentración urbana, de los salarios… Quizá de propietarios que pueden subir 300 euros un alquiler porque alguien terminará pagándolo. Todo eso es bastante más complicado que señalar al senegalés que ha alquilado el piso del cuarto.

Luego llegamos a la delincuencia y aquí aparece uno de esos momentos en los que conviene no hacer trampas ni para un lado ni para el otro.

Los datos existen. Según la Estadística de Condenados del INE correspondiente a 2025, alrededor del 70 % de los adultos condenados tenía nacionalidad española.

Hay inmigrantes delincuentes. Claro. También hay asturianos delincuentes. Francesas delincuentes. Médicos delincuentes. Abogadas delincuentes. Rubios delincuentes. No parece demasiado útil organizar el Código Penal por esas categorías.

Quien comete un delito debe responder por él. Punto.

Lo extraño es que cuando un español roba un coche nadie escribe «un europeo occidental de tradición cristiana roba un vehículo» (que tengamos que aclarar esto en 2026…) Cuando el detenido se llama [INSERTAR AQUÍ NOMBRE EXTRANJERO] parece convertirse inmediatamente en representante diplomático de toda su cultura.

Y después está aquello de que la criminalidad se ha disparado desde que hay inmigración.

El Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior correspondiente al primer trimestre de 2026 registró un incremento global cercano al 1 % respecto al mismo periodo del año anterior. Uno por ciento. Mientras tanto, la población nacida en el extranjero lleva años aumentando con mucha intensidad. Así que quizá la ecuación «entra un inmigrante, aparece un delincuente» necesite alguna revisión.

Luego tenemos nuestras pensiones.

Aparentemente los inmigrantes vienen también a destruirlas. Solo que la población extranjera es bastante más joven que la española y está mucho más concentrada en edades laborales. Eso significa que actualmente aporta millones de cotizantes a un país que envejece rápidamente.

No van a solucionar mágicamente el sistema de pensiones. También envejecerán y también tendrán derechos después de cotizar. Pero resulta bastante curioso escuchar que están hundiendo la Seguridad Social mientras más de tres millones y medio están precisamente pagando cotizaciones todos los meses.

Y finalmente llega la frase mágica. «Primero los de aquí»

Siempre he tenido curiosidad por saber dónde acaba exactamente el «aquí». ¿Una colombiana que lleva veinte años en Gijón es de aquí? ¿Su hija nacida en Cabueñes? ¿Un rumano que lleva quince años trabajando en Avilés? ¿Un marroquí nacionalizado?

¿Alguien deja de ser extranjero cuando recibe el DNI o necesita además pasar una prueba sobre dónde se escancian la mejor sidra?

Si una familia española necesita una vivienda social, quiero que haya una vivienda social. Si otra familia extranjera también la necesita, quiero que haya dos. Lo que me parece bastante más grotesco es asumir que debemos aceptar que haya veinte viviendas para doscientas familias y después organizar una competición entre pobres para decidir cuál merece quedarse fuera.

Eso es exactamente lo que hacemos muchas veces. Convertir problemas verticales en guerras horizontales.

  • El que cobra 1.200 euros enfadado con el que cobra 900.
  • El que espera una ayuda enfadado con otro que también la necesita.
  • El trabajador precario contra el inmigrante precario.
  • Dos familias pobres peleándose por un piso público.
  • Y mientras tanto, nadie mira demasiado hacia arriba.
  • Imagínate un barrio cualquiera.
  • Tu alquiler ha subido.
  • El médico tarda en darte cita.
  • El colegio necesita más profesores.
  • Tus hijos no consiguen independizarse.
  • El supermercado es cada vez más caro.
  • Tu sueldo sigue prácticamente igual.

Y entonces alguien señala a una familia extranjera del portal y dice: «Ahí está el problema»

Es una explicación fantástica. Porque esa familia tiene cara. Las políticas de vivienda no. Las decisiones presupuestarias tampoco y la desigualdad no se cruza contigo en el ascensor y tu vecino o vecina, si.

Quizá ahí está la gran victoria del discurso xenófobo. Conseguir que problemas enormes, complejos y profundamente políticos terminen reducidos a una persona que vive dos pisos más abajo.

Todo esto no significa que tengamos que convertirnos en idiotas felices y afirmar que la inmigración es maravillosa, que todo funciona perfectamente y que cualquier preocupación es automáticamente racista. No.

  • Necesitamos vías legales de entrada.
  • Necesitamos procedimientos de asilo que funcionen.
  • Necesitamos perseguir mafias.
  • Necesitamos inspección laboral.
  • Necesitamos integración.
  • Necesitamos evitar guetos.
  • Necesitamos distribuir mejor los recursos.
  • Necesitamos apoyar a los municipios y barrios donde se concentra la llegada de población.
  • Y necesitamos actuar contra quien delinque.

Todo eso es perfectamente compatible con no tratar a millones de personas como una amenaza colectiva.

Como ideas:

  • España podemos discutir la política migratoria sin inventarse paguitas.
  • Podemos hablar de delincuencia sin transformar una nacionalidad en diagnóstico criminológico.
  • Podemos hablar de vivienda sin fingir que hasta ayer teníamos pisos baratos para todo el mundo.
  • Podemos generar inclusión sin exigir que alguien renuncie hasta a su nombre para que lo consideremos «uno de los nuestros»

Porque además convendría recordar algo. Según el INE, más de tres millones de españoles viven actualmente en el extranjero.

España sabe bastante de emigrar. Asturianos en América. Gallegos en Cuba y Argentina. Españoles en Francia, Alemania o Suiza. Personas que se marcharon porque aquí no había trabajo. Personas que cruzaron fronteras buscando exactamente lo mismo que busca muchísima gente ahora: vivir un poco mejor.

Quizá podríamos tener algo de memoria antes de convertir al migrante en una criatura extraña que apareció repentinamente en la historia de la humanidad.

En fin, seguimos… ;O)