No, un curso de 50 horas no te convierte en monitor/a de tiempo libre

De vez en cuando aparece publicidad de algún curso online de Monitor/a de Tiempo Libre de 20, 50, 100 horas, con un diploma muy bonito, muchos sellos, palabras como acreditado, certificado, especialista o incluso homologado escritas bien grandes.

Y aquí conviene aclarar algo que, aunque debería ser bastante sencillo, parece que no siempre lo es: hacer un curso que se llama “Monitor de Tiempo Libre” no significa tener la titulación oficial de Monitor/a de Tiempo Libre. Y lo mismo ocurre con Dirección de Tiempo Libre.

Entonces ¿Qué titulaciones son oficiales?

Si hablamos de Asturias, existen dos vías que debemos tener claras.

1. Los diplomas oficiales del Principado de Asturias

Son los tradicionales cursos de: Monitor/a de Actividades de Tiempo Libre y Director/a de Actividades de Tiempo Libre.

No vale con que una academia decida montar un curso y ponerle ese nombre. Para obtener el diploma oficial del Principado, la formación tiene que realizarse a través de una Escuela de Animación y Tiempo Libre reconocida oficialmente y siguiendo el programa, duración, evaluación y prácticas establecidos por la Administración.

El propio Instituto Asturiano de la Juventud lo dice claramente: solo realizando la formación en una escuela acreditada se puede obtener una titulación oficial reconocida por el Principado de Asturias.

Además, en 2026 tenemos una novedad importante. La Resolución de 3 de julio de 2026, publicada en el BOPA el 15 de julio, actualizó la regulación de estos cursos en Asturias y derogó expresamente la antigua Resolución de 30 de marzo de 1988. La nueva normativa establece que la duración, contenidos y criterios de evaluación de los cursos oficiales se ajusten a los establecidos para las cualificaciones profesionales correspondientes.

Es decir, Asturias ha acercado todavía más las dos vías de formación.

2. Los certificados profesionales

Existe otra vía oficial vinculada al Sistema de Formación Profesional:

SSCB0209 – Dinamización de actividades de tiempo libre educativo infantil y juvenil. Es una formación de nivel 2 y tiene asociadas 310 horas, incluyendo 160 horas de prácticas profesionales. Su competencia profesional es organizar, dinamizar y evaluar actividades de tiempo libre educativo dirigidas a infancia y juventud.

Y para las funciones de dirección y coordinación tenemos:

SSCB0211 – Dirección y coordinación de actividades de tiempo libre educativo infantil y juvenil. Es de nivel 3 y tiene una formación asociada de 410 horas, incluyendo 120 horas de prácticas profesionales. Entre sus competencias están planificar, organizar, gestionar y evaluar proyectos de tiempo libre y coordinar equipos de monitores y monitoras.

Y esto no es simplemente una equivalencia que nos hayamos inventado quienes trabajamos en el sector.

La propia normativa asturiana sobre actividades juveniles establece que la persona responsable de determinadas actividades debe disponer del diploma de Director/a de Actividades de Tiempo Libre expedido por los órganos competentes en juventud o de aquellas titulaciones o certificados profesionales que incluyan la cualificación profesional de Dirección y Coordinación de Actividades de Tiempo Libre Educativo Infantil y Juvenil.

¿Y el curso de Monitor de Tiempo Libre de 50 horas que he encontrado por 29,99 €?

Pues puede ser un curso. Puede tener contenidos interesantes. Puede servirte para aprender. Puede quedar estupendamente en el apartado de formación complementaria de tu currículum. Pero no por llamarse “Monitor/a de Tiempo Libre” se convierte en el título oficial de Monitor/a de Tiempo Libre.

Este es probablemente el punto que genera más confusión.

Una empresa privada puede expedirte un diploma que diga que has realizado 50, 80 o 100 horas de formación sobre ocio educativo, campamentos, dinamización o actividades infantiles. Eso acredita que has realizado ese curso concreto. Lo que no puede hacer ese diploma por sí solo es sustituir una titulación cuya obtención está regulada oficialmente. Y palabras como “certificado”, “acreditado” u “homologado” tampoco deberían bastarnos. La pregunta importante siempre es:

¿Homologado por quién y para qué? Porque una cosa es que una entidad certifique que has realizado su formación y otra muy diferente que hayas obtenido una titulación oficial que habilite o sea admitida para las funciones reguladas de monitor/a o director/a de tiempo libre.

Las horas importan, pero no son lo único

Tampoco debemos caer en la trampa contraria.

No basta con decir: «Mi curso tiene 310 horas, así que equivale al certificado profesional». No.

La oficialidad no se consigue simplemente acumulando horas. Importan las horas, por supuesto, pero también quién imparte la formación, quién está autorizado para hacerlo, qué programa se sigue, qué competencias se evalúan, cómo se desarrollan las prácticas y qué Administración u organismo competente expide o reconoce finalmente la acreditación.

Un curso privado de 310 horas no se transforma mágicamente en el SSCB0209 por tener la misma duración.

Igual que un curso de 410 horas denominado “Director/a de Campamentos” no se convierte automáticamente en el SSCB0211.

¿Por qué importa todo esto?

Porque estamos hablando de algo más serio que conseguir un papel para añadir al currículum.

Trabajar en tiempo libre educativo supone asumir responsabilidades sobre niños, niñas y adolescentes. Supone diseñar actividades, gestionar grupos, prevenir riesgos, trabajar educativamente, responder ante situaciones imprevistas y, en el caso de las direcciones, asumir además responsabilidades sobre proyectos y equipos profesionales.

Por eso existe una formación regulada. Y por eso me preocupa especialmente encontrar ofertas que transmiten la idea de que con unas cuantas horas online alguien ya puede considerarse oficialmente Monitor/a de Tiempo Libre.

Formarse siempre suma. Pero formación complementaria y titulación oficial no son lo mismo.

Antes de apuntarte, comprueba

Si estás buscando formación para trabajar como monitor/a o director/a de tiempo libre en Asturias, antes de pagar nada comprueba quién organiza el curso y qué titulación obtendrás al terminar.

Si buscas el diploma oficial asturiano, comprueba que se realiza a través de una Escuela de Animación y Tiempo Libre reconocida por el Principado de Asturias.

Si buscas la vía profesional, comprueba que realmente estás cursando la formación oficial correspondiente al SSCB0209 – Dinamización de actividades de tiempo libre educativo infantil y juvenil o al SSCB0211 – Dirección y coordinación de actividades de tiempo libre educativo infantil y juvenil, y no simplemente un curso privado que utiliza un nombre parecido.

El Principado mantiene información pública tanto sobre las titulaciones como sobre las Escuelas de Tiempo Libre reconocidas.

Que ponga «Monitor/A de Tiempo Libre» en grande no significa que lo sea

Quizá esta sea la mejor forma de resumirlo. En el tiempo libre educativo existen formaciones oficiales, competencias profesionales definidas y una Administración responsable de reconocerlas.

Así que un diploma privado de unas cuantas horas no sustituye la titulación oficial exigible cuando el puesto o la actividad requiere estar cualificado como Monitor/a o Director/a de Tiempo Libre. Puede servir para aprender. Puede complementar tu formación. Puede incluso ser un curso estupendo. Pero no es lo mismo.

Y teniendo en cuenta que trabajamos con infancia y juventud, quizá deberíamos empezar a tomarnos un poco más en serio la diferencia entre “he hecho un curso de monitor” y “soy Monitor/a de Tiempo Libre con la titulación oficial correspondiente”.

Porque no, no todo diploma con un logo y la palabra homologado vale para lo mismo.

«Novedades» en la docencia de certificados profesionales…

Me gusta estar informado de los ámbitos en los que me muevo, y uno de ellos es ser formador o docente de Certificados Profesionales (antes: certificados de profesionalidad)

Pues últimamente en LinkedIn, están dando la vara con el cambio del certificado SSCE0110, Docencia de la Formación Profesional para el Empleo; por el SSC_C_017_5B, Habilitación para la docencia en grados A, B y C del Sistema de Formación Profesional. Este último es el nuevo Certificado Profesional regulado por el Real Decreto 86/2026.

¿Qué pasa si ya tengo el antiguo SSCE0110? NADA. Calma gente, se reconoce la equivalencia automática de competencias para quienes ya poseían la titulación previa, sin exigir complementos formativos.

Puedo entender la preocupación, pero me fascina tantas lecturas sobre este cambio, y las «novedades» en en este ámbito. Así que me apetece compartir las que para mi son las novedades (al menos en mi realidad y contexto) de la docencia en el ámbito de los certificados profesionales…

Para poneros en situación, han pasado 13 años desde que impartí mi primer certificado. Por lo que aporto una visión desde años de experiencia.

Novedades en la docencia de certificados profesionales…

Cuesta la vida completar grupos. Ya no recuerdo el arranque de una acción formativa en la que se comience con todas las plazas cubiertas.

Alumnado fantasma. Se apunta, aparece unos días y luego no localizas en qué lugar de la tierra se han escondido.

Agendas misteriosas. Ok que tu realidad puede cambiar al segundo, y que tener trabajo es prioritario, pero me flipa la cantidad de personas que se apuntan y deben hacer malabares para no perder el certificado por faltas de asistencia por sus agendas…

«Hola soy la IA, y he venido a quedarme». A ver, que yo también la uso, pero para sistematizar no para inventar. En mi ámbito ya me han intentado colar varios proyectos hechos con Chati (ChatGPT, pero en cariñoso) y es que si no tienes criterio o idea de si lo que te propone la máquina es una aberración ¿qué?

Lectura / escucha comprensiva (dónde andarán). Vaya por delante que no hablo solo de personas jóvenes, puedo esgrimir que hay gente que «no se entera» en cualquier edad. Fruto de las pantallas y el estímulo constante, nos deja el cerebro frito.

Puntualidad. Ufff esta es de las que más rabia me da y es que tengo un problema con ello (llegar 10 minutos antes es llegar a la hora, llegar justo a la hora es llegar justo y llegar tarde es odioso) y soy bastante inflexible en este punto. Creo que la novedad ahora es no tener pudor a llegar tarde. Hace tiempo era menos común y concentrado en una persona, ahora es más habitual y en varias personas…. agh, no puedo.

En qué afectan estas novedades…

Afectan mucho más de lo que parece, porque no son solo “cosas molestas del alumnado”: terminan modificando la propia forma de impartir un certificado profesional.

Grupos que nunca terminan de arrancar. Cuando se empieza con plazas vacantes o con incorporaciones posteriores, cuesta crear identidad de grupo, establecer normas comunes y avanzar con un ritmo homogéneo. El docente acaba haciendo pequeños “reinicios” constantes para incorporar a quien llega.

Abandonos y alumnado fantasma. Rompen dinámicas, grupos de trabajo y actividades que estaban pensadas para un número determinado de personas. Además, en formación vinculada a requisitos de asistencia, evaluación y seguimiento, generan bastante más carga administrativa de la que se ve desde fuera.

Asistencia irregular. Obliga a impartir pensando simultáneamente en quien está siguiendo el curso y en quien faltó ayer, anteayer o la semana pasada. Aparece una especie de bucle permanente de “¿esto lo vimos?”, “¿me lo puedes explicar otra vez?” o “yo ese día no estaba”. Y eso ralentiza al grupo que sí mantiene una asistencia continuada.

Uso sin criterio de la IA. El problema no es utilizar ChatGPT, sino sustituir el pensamiento por ChatGPT. En un certificado donde se supone que estamos desarrollando competencias profesionales, entregar un proyecto impecablemente redactado que la persona no sabe explicar sirve de poco. Esto obliga también a cambiar la evaluación: menos “entrégame un documento” y más defenderlo, adaptarlo, justificar decisiones, resolver casos o trabajar en directo.

Menor comprensión sostenida. Si cuesta leer una consigna completa, escuchar una explicación de varios minutos o mantener la atención sobre una tarea, la metodología tiene que fragmentarse muchísimo más: instrucciones más breves, apoyos visuales, comprobaciones constantes, actividades cortas y cambios frecuentes de dinámica. Puede funcionar pedagógicamente, pero también existe el riesgo de acostumbrarnos a que cualquier aprendizaje tenga que competir permanentemente por nuestra atención.

Impuntualidad. No son simplemente diez minutos. Cuando entran varias personas tarde se interrumpe una explicación, hay que volver a contextualizar, se distrae quien estaba trabajando y se normaliza que el horario sea orientativo. Y en una formación profesionalizante hay algo más: puntualidad, responsabilidad, asistencia y compromiso también son competencias profesionales, aunque no aparezcan como una unidad didáctica.

En conjunto, creo que el efecto más importante es que cada vez dedicamos más energía docente a conseguir las condiciones necesarias para poder enseñar: reunir el grupo, mantenerlo, recuperar ausencias, reconducir atención, comprobar autoría y comprensión, recordar horarios… antes incluso de entrar en el contenido.

Y eso también cambia el papel del formador. Ya no basta con conocer el contenido y saber transmitirlo. Cada vez hay más de gestión de grupo, acompañamiento, motivación, adaptación metodológica, alfabetización digital y establecimiento de límites.

Lo paradójico es que muchos certificados buscan preparar a personas para incorporarse al mercado laboral. Y quizá algunas de estas “novedades” nos están señalando precisamente competencias que deberíamos trabajar de manera mucho más explícita: compromiso, autonomía, organización, comprensión, pensamiento crítico, responsabilidad y convivencia profesional ;O)

No, no nos están invadiendo. Y no, una persona extranjera no tiene la culpa de que tu alquiler cueste 900 euros

Hay una cosa que últimamente me fascina bastante: la facilidad con la que «hemos» conseguido convertir la inmigración en la explicación universal para prácticamente cualquier problema que tengamos. No hay vivienda: inmigración. La sanidad está saturada: inmigración. El colegio tiene demasiados chavales por aula: inmigración. Hay delincuencia: inmigración. Los salarios son una mierda: inmigración. No encuentras piso: inmigración. Tu barrio ha cambiado: inmigración. Y si mañana llueve tres días seguidos, probablemente alguien terminará diciendo que tampoco pasaba antes de que llegaran los menas.

Lo curioso es que esta explicación tan maravillosa tiene una ventaja enorme: no obliga a pensar demasiado. No obliga a preguntarse por la vivienda pública que no hemos construido, por los salarios que llevan años perdiendo poder adquisitivo, por el deterioro de determinados servicios, por la concentración de pobreza, por la precariedad laboral o por las decisiones políticas tomadas durante décadas. Todo eso es bastante complicado. Requiere datos, contexto y alguna que otra gráfica. En cambio, [INSERTAR AQUÍ NOMBRE EXTRANJERO] vive en el tercero B y se le ve perfectamente desde la ventana. Así que ese vecino del tercero, tiene muchas papeletas para acabar siendo el culpable. Y de eso va bastante el asunto.

Porque una cosa es hablar de inmigración y otra muy distinta hablar de invasión. La primera es una realidad demográfica, económica y social que puede analizarse y discutirse. La segunda es una palabra elegida para provocar miedo. Nadie habla de invasión porque haya hecho una tabla de Excel y haya llegado científicamente a esa conclusión. Se habla de invasión porque la palabra ya te dice lo que tienes que sentir antes de empezar a pensar.

España recibe mucha inmigración. Evidentemente. Según los datos de la Estadística Continua de Población del Instituto Nacional de Estadística, en 2026 vivimos en España cerca de cincuenta millones de personas y más de diez millones habían nacido fuera del país. Es un cambio demográfico importantísimo y negarlo sería tan absurdo como afirmar que Oviedo tiene playa.

Pero aquí empieza la primera trampa: nacido en el extranjero no significa inmigrante irregular. Tampoco significa extranjero. En esos diez millones hay ciudadanos comunitarios, trabajadores con permiso de residencia, estudiantes, personas refugiadas, profesionales, parejas de españoles, personas nacionalizadas y gente que lleva aquí más años que muchos de los que ahora les explican cómo funciona España. Y después están las llegadas irregulares, que son otra cosa.

Los balances del Ministerio del Interior muestran que en 2025 llegaron irregularmente a España unas 25.300 personas, más de un 40 % menos que el año anterior. Durante el primer semestre de 2026 fueron algo más de 12.000, frente a cerca de 18.000 en el mismo periodo de 2025. Son cifras que pueden generar una presión muy seria en territorios concretos y que necesitan medios, planificación y una política migratoria sensata. Especialmente en Canarias, Ceuta o Melilla.

Pero España tiene casi cincuenta millones de habitantes. Así que uno puede defender que esas llegadas deben gestionarse mejor. Puede defender más controles, más recursos o una política distinta. Lo que cuesta bastante más es llamar a eso invasión sin que se note un poco el cartón piedra.

Imagen de Tomasz en Pixabay

Luego está el inmigrante de WhatsApp. Ese es mi favorito. El inmigrante de WhatsApp llega a España, baja de una patera, recibe inmediatamente un piso, un teléfono móvil último modelo, una paga de 2.000 € y probablemente una suscripción a Netflix. No trabaja jamás, no paga un impuesto en su vida y se pasa las tardes esperando a que llegue el próximo español al que quitarle una ayuda.

El problema es que el inmigrante de WhatsApp vive muchísimo mejor que el inmigrante del INE. Porque según los datos de la Seguridad Social, en julio de 2026 España superó por primera vez los tres millones y medio de trabajadores extranjeros afiliados. Más del 15 % de todas las personas afiliadas a la Seguridad Social son extranjeras. En sectores como la hostelería, la agricultura o la construcción su peso es todavía mucho mayor.

Es decir, trabajan. Mucho, y además cotizan y hacen gasto aquí (que parece que hay que contarlo en modo A, B, C...) pagan IVA cuando compran, pagan IRPF cuando les corresponde, pagan alquileres, compran comida, utilizan transporte. Hacen todas esas cosas extrañísimas que también hacemos quienes hemos tenido la enorme fortuna administrativa de nacer dentro de unas determinadas fronteras.

También hay más de medio millón de autónomos extranjeros, según los datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Pagan cotizaciones (fíjate tú…)

Pero existe una especie de fenómeno óptico curioso. Cuando una persona extranjera cobra una prestación es inmediatamente «el inmigrante que vive de nuestros impuestos». Cuando esa misma persona paga impuestos durante veinte años, aparentemente deja de ser inmigrante. Misterios de la estadística política.

Otro clásico es aquello de que «llegan y les dan una paga». No. No funciona así. El Ingreso Mínimo Vital, que es probablemente la prestación que más bulos ha acumulado desde su creación, exige como regla general residencia legal y efectiva en España durante al menos el año inmediatamente anterior a la solicitud, además de requisitos de renta, patrimonio y composición familiar. Eso lo explica el propio Ministerio de Inclusión y lo recoge la Seguridad Social. Por tanto, una persona que acaba de llegar irregularmente no puede acercarse a una oficina y decir «buenas tardes, vengo a por mi paga de inmigrante» No existe. Puede recibir ayuda humanitaria, alimentación, alojamiento temporal o asistencia de emergencia. Por supuesto. Porque dejar a una persona sin comer y durmiendo en la calle quizá no debería ser el gran objetivo político de una sociedad civilizada. Pero atención humanitaria no es lo mismo que vivir permanentemente subvencionado.

Tampoco cobran más por ser extranjeros. La cuantía del Ingreso Mínimo Vital depende fundamentalmente de los ingresos del hogar y del número de personas que lo forman. En 2026 la renta garantizada para una persona sola se situaba algo por encima de los 730 euros mensuales, pero eso no significa que cualquier beneficiario reciba íntegramente esa cantidad. El IMV funciona completando los ingresos hasta determinados umbrales. Según los datos publicados por el Ministerio de Inclusión en marzo de 2026, la prestación media efectiva rondaba los 543 euros mensuales por hogar.

Hay otro detalle maravilloso que suele desaparecer en los vídeos donde alguien grita delante del móvil que «nos están robando las paguitas«: más del 40 % de las personas protegidas por el IMV son menores. Niños, niñas, adolescentes. Pero decir «estamos intentando reducir la pobreza infantil» genera bastante menos indignación que poner una foto de un señor extranjero y escribir debajo 1.800 EUROS AL MES POR VENIR EN PATERA.

Así funcionan muchas cosas ahora.

Después tenemos aquello de que nos quitan el trabajo. Siempre me ha resultado interesante porque implica imaginar la economía española como el juego de las sillas. Hay diez puestos de trabajo, llegan dos colombianos, se sientan y automáticamente dos españoles se quedan de pie.

No funciona exactamente así. Las personas que llegan también consumen. También alquilan. También compran. También necesitan peluquerías, bares, supermercados, transporte, ropa y servicios. También crean empresas y generan actividad económica.

El Banco de España estimó que entre 2022 y 2024 la población extranjera contribuyó directamente entre cuatro y siete décimas al crecimiento anual del PIB per cápita. La OCDE, en sus análisis sobre España, calcula además que los trabajadores migrantes han supuesto alrededor del 45 % del crecimiento neto del empleo en los últimos años.

Esto no significa que la inmigración sea una especie de máquina mágica de fabricar riqueza. También puede existir competencia en determinados empleos, especialmente en los peor pagados. Y existe un problema real de precariedad y explotación laboral.

Pero aquí quizá convendría señalar correctamente al responsable. Si un empresario contrata a una persona sin papeles por cuatro euros la hora para evitar pagar diez a otra persona, el problema no es el pobre desgraciado que acepta cuatro euros porque necesita comer. El problema es quien ha descubierto que puede utilizar su vulnerabilidad para empeorar las condiciones de todos.

Resulta mucho más cómodo enfrentar a los dos trabajadores. Uno cobra poco. El otro cobra todavía menos. Y mientras discuten entre ellos sobre quién está destruyendo España, quien les paga a ambos probablemente esté encantado.

También nos dicen que los inmigrantes están destruyendo nuestros barrios (esto ya me ha tocado hasta discutirlo con varias vecinas de portal…) Aquí hay que tener cuidado porque los barrios sí están cambiando. Y hay lugares donde el cambio está siendo rápido. Hay colegios con mucha concentración de alumnado extranjero, servicios sociales con sobrecarga, problemas de vivienda, segregación, dificultades de convivencia y zonas donde la integración no está funcionando como debería.

Todo eso existe. Negarlo sería bastante estúpido. Según el Ministerio de Educación, durante el curso 2024-2025 había más de 1,1 millones de alumnos extranjeros en el sistema educativo español, aproximadamente el 13 % del total, aunque con una distribución muy desigual según territorios y centros. Eso obliga a poner recursos.

Obliga a reforzar determinados colegios, a evitar la segregación, a trabajar desde los servicios sociales, a hacer política.

Lo que no obliga es a pensar que el problema es que una niña de Ecuador esté sentada en el pupitre de al lado. Porque muchas veces lo que llamamos «problema de inmigración» es en realidad un problema de pobreza concentrada. Si metemos en el mismo barrio vivienda barata, precariedad, servicios insuficientes y familias vulnerables de distintos orígenes, acabaremos teniendo problemas. Pero no porque haya una determinada nacionalidad. Porque hemos concentrado desigualdad.

La vivienda es probablemente el ejemplo más claro. España tiene un problema enorme de acceso a la vivienda y la llegada de más población aumenta la demanda. Por supuesto. Sería absurdo negarlo.

Así que quizá haya que preguntarse por qué llevamos décadas construyendo tan poca vivienda pública. Quizá haya que hablar de alquiler turístico, de especulación, de concentración urbana, de los salarios… Quizá de propietarios que pueden subir 300 euros un alquiler porque alguien terminará pagándolo. Todo eso es bastante más complicado que señalar al senegalés que ha alquilado el piso del cuarto.

Luego llegamos a la delincuencia y aquí aparece uno de esos momentos en los que conviene no hacer trampas ni para un lado ni para el otro.

Los datos existen. Según la Estadística de Condenados del INE correspondiente a 2025, alrededor del 70 % de los adultos condenados tenía nacionalidad española.

Hay inmigrantes delincuentes. Claro. También hay asturianos delincuentes. Francesas delincuentes. Médicos delincuentes. Abogadas delincuentes. Rubios delincuentes. No parece demasiado útil organizar el Código Penal por esas categorías.

Quien comete un delito debe responder por él. Punto.

Lo extraño es que cuando un español roba un coche nadie escribe «un europeo occidental de tradición cristiana roba un vehículo» (que tengamos que aclarar esto en 2026…) Cuando el detenido se llama [INSERTAR AQUÍ NOMBRE EXTRANJERO] parece convertirse inmediatamente en representante diplomático de toda su cultura.

Y después está aquello de que la criminalidad se ha disparado desde que hay inmigración.

El Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior correspondiente al primer trimestre de 2026 registró un incremento global cercano al 1 % respecto al mismo periodo del año anterior. Uno por ciento. Mientras tanto, la población nacida en el extranjero lleva años aumentando con mucha intensidad. Así que quizá la ecuación «entra un inmigrante, aparece un delincuente» necesite alguna revisión.

Luego tenemos nuestras pensiones.

Aparentemente los inmigrantes vienen también a destruirlas. Solo que la población extranjera es bastante más joven que la española y está mucho más concentrada en edades laborales. Eso significa que actualmente aporta millones de cotizantes a un país que envejece rápidamente.

No van a solucionar mágicamente el sistema de pensiones. También envejecerán y también tendrán derechos después de cotizar. Pero resulta bastante curioso escuchar que están hundiendo la Seguridad Social mientras más de tres millones y medio están precisamente pagando cotizaciones todos los meses.

Y finalmente llega la frase mágica. «Primero los de aquí»

Siempre he tenido curiosidad por saber dónde acaba exactamente el «aquí». ¿Una colombiana que lleva veinte años en Gijón es de aquí? ¿Su hija nacida en Cabueñes? ¿Un rumano que lleva quince años trabajando en Avilés? ¿Un marroquí nacionalizado?

¿Alguien deja de ser extranjero cuando recibe el DNI o necesita además pasar una prueba sobre dónde se escancian la mejor sidra?

Si una familia española necesita una vivienda social, quiero que haya una vivienda social. Si otra familia extranjera también la necesita, quiero que haya dos. Lo que me parece bastante más grotesco es asumir que debemos aceptar que haya veinte viviendas para doscientas familias y después organizar una competición entre pobres para decidir cuál merece quedarse fuera.

Eso es exactamente lo que hacemos muchas veces. Convertir problemas verticales en guerras horizontales.

  • El que cobra 1.200 euros enfadado con el que cobra 900.
  • El que espera una ayuda enfadado con otro que también la necesita.
  • El trabajador precario contra el inmigrante precario.
  • Dos familias pobres peleándose por un piso público.
  • Y mientras tanto, nadie mira demasiado hacia arriba.
  • Imagínate un barrio cualquiera.
  • Tu alquiler ha subido.
  • El médico tarda en darte cita.
  • El colegio necesita más profesores.
  • Tus hijos no consiguen independizarse.
  • El supermercado es cada vez más caro.
  • Tu sueldo sigue prácticamente igual.

Y entonces alguien señala a una familia extranjera del portal y dice: «Ahí está el problema»

Es una explicación fantástica. Porque esa familia tiene cara. Las políticas de vivienda no. Las decisiones presupuestarias tampoco y la desigualdad no se cruza contigo en el ascensor y tu vecino o vecina, si.

Quizá ahí está la gran victoria del discurso xenófobo. Conseguir que problemas enormes, complejos y profundamente políticos terminen reducidos a una persona que vive dos pisos más abajo.

Todo esto no significa que tengamos que convertirnos en idiotas felices y afirmar que la inmigración es maravillosa, que todo funciona perfectamente y que cualquier preocupación es automáticamente racista. No.

  • Necesitamos vías legales de entrada.
  • Necesitamos procedimientos de asilo que funcionen.
  • Necesitamos perseguir mafias.
  • Necesitamos inspección laboral.
  • Necesitamos integración.
  • Necesitamos evitar guetos.
  • Necesitamos distribuir mejor los recursos.
  • Necesitamos apoyar a los municipios y barrios donde se concentra la llegada de población.
  • Y necesitamos actuar contra quien delinque.

Todo eso es perfectamente compatible con no tratar a millones de personas como una amenaza colectiva.

Como ideas:

  • España podemos discutir la política migratoria sin inventarse paguitas.
  • Podemos hablar de delincuencia sin transformar una nacionalidad en diagnóstico criminológico.
  • Podemos hablar de vivienda sin fingir que hasta ayer teníamos pisos baratos para todo el mundo.
  • Podemos generar inclusión sin exigir que alguien renuncie hasta a su nombre para que lo consideremos «uno de los nuestros»

Porque además convendría recordar algo. Según el INE, más de tres millones de españoles viven actualmente en el extranjero.

España sabe bastante de emigrar. Asturianos en América. Gallegos en Cuba y Argentina. Españoles en Francia, Alemania o Suiza. Personas que se marcharon porque aquí no había trabajo. Personas que cruzaron fronteras buscando exactamente lo mismo que busca muchísima gente ahora: vivir un poco mejor.

Quizá podríamos tener algo de memoria antes de convertir al migrante en una criatura extraña que apareció repentinamente en la historia de la humanidad.

En fin, seguimos… ;O)