El sudapollismo como filosofía de vida

(y por qué la Animación Sociocultural o «lo social» necesita un poco más de él) Este sería un buen subtítulo…

Hace tiempo que quiero escribir sobre la que creo que es mi filosofía de vida o la metodología que uso para vivirla. También la aplico bastante en lo profesional. Suelo resumirla en una palabra, aunque su significado puede que no se pille a la primera. Y es que hay palabras que nunca aparecerán en un manual universitario. Ni en una guía de buenas prácticas. Ni probablemente en el próximo congreso sobre bla bla bla. Una de ellas es sudapollismo.

Pocas filosofías pueden resultar tan útiles para quienes trabajamos con personas. Porque no. El sudapollismo no consiste en ser un pasota. Tampoco en vivir desde el cinismo, la indiferencia o el «allá cada cual». Eso tiene otro nombre.

Imagen generada con IA a partir del texto de la entrada ;O)

El sudapollismo consiste en distinguir entre lo que depende de ti y lo que no. En dejar de sentir la obligación permanente de intervenir, opinar, convencer o resolver.

En definitiva, consiste en ahorrar energía para aquello que realmente merece la pena.

La trampa de querer estar en todo. En Animación Sociocultural tenemos una extraña tendencia a creer que debemos estar disponibles para todo:

  • Que debemos responder a todos los mensajes.
  • Escuchar todos los problemas.
  • Mediar en todos los conflictos.
  • Participar en todos los debates.
  • Corregir todas las opiniones.
  • Salvar todos los proyectos.
  • Y, de paso, sonreír siempre.

Es agotador. Y poco realista. Hay días en los que acabas haciendo funciones de animación, educación, administración, comunicación, conducción, producción y apagafuegos profesional…

Quizá el problema no sea la carga de trabajo. Quizá el problema sea creer que todo nos incumbe.

No todo nos corresponde: Hay una idea que me trabajé ya hace un tiempo: No todo problema necesita convertirse en mi problema:

  • Que dos personas discutan no significa que tengas que intervenir inmediatamente.
  • Que alguien tenga una opinión absurda no implica que debas desmontarla.
  • Que un participante no quiera implicarse ese día no significa necesariamente que hayas fracasado como profesional.
  • Y que una crítica aparezca en redes sociales no obliga a responder.

La intervención también consiste en saber cuándo no intervenir.

Vivimos en una época donde parece obligatorio tener una opinión sobre absolutamente todo: La última polémica, noticia, “temazo” del sector, publicación de “nosequién. Recordemos que tenemos el derecho a no opinar. Y no pasa absolutamente nada. No opinar también es una decisión. No todo / todas las personas merecen nuestra atención

Hay personas que, cuando aparecen, drenan la conversación. Nunca buscan dialogar. solo buscan ganar, discutir, quieren tu tiempo, que les des atención y protagonismo.

Y aquí es donde entra uno de los principios fundamentales del sudapollismo: La energía o atención que le das a esas «cosas» o «personas» también es un recurso educativo. No la malgastes.

La Animación Sociocultural también necesita calma. Nos gusta hablar de participación, De transformación social, de empoderar. Y está bien, pero quizá también deberíamos reivindicar otra competencia profesional: La capacidad de no dramatizar. No porque los problemas no existan. Sino porque una persona tranquila suele intervenir mejor que una persona acelerada. La calma también educa. La serenidad también dinamiza y la capacidad de relativizar evita que terminemos quemados intentando apagar fuegos que nunca existieron.

Quizá debería hacer un manifiesto para sentar unas bases…

Un manifiesto sudapollista

No todo me incumbe.

No hace falta opinar de todo.

No estoy obligado/a a escuchar a quien solo quiere discutir.

No tengo que ser simpático con quien no lo es conmigo

No todo merece una respuesta.

No todo merece una batalla.

Y precisamente porque no gasto fuerzas en lo accesorio, puedo dedicar las que me quedan a las personas, los proyectos y las causas que realmente importan.

El sudapollismo, más allá de la palabra y la «coña», es una forma tranquila de estar por el mundo. No se trata de mirar hacia otro lado ni de vivir con el piloto automático puesto. Se trata de aprender que no todo merece tu tiempo, tu atención ni tu energía. Hay batallas que merece la pena librar y otras que solo sirven para cansarte antes de llegar a las importantes. El verdadero sudapollismo consiste en elegir bien dónde te implicas y aceptar, sin culpa, que hay cosas que pueden seguir su camino sin quitarte la calma. Porque cuidarse también pasa por decidir que, de vez en cuando, lo superfluo te la sude ;O)

La Coordinación en Acción: Diseña tu Equipo

Hoy os comparto una actividad que hice para el MF1870_3: Coordinación y dinamización del equipo de monitores de tiempo libre, del Certificado de Profesionalidad de «Dirección y coordinación de actividades de tiempo libre educativo infantil y juvenil»

Me gusta que el alumnado tenga la idea lo más clara posible de lo que es dirigir y coordinar, por lo que en este módulo les meto muchos supuestos prácticos. Aquí os dejo esta a ver qué os parece

La Coordinación en Acción: Diseña tu Equipo

Situación de partida

Cada participante asume el papel de director/a de un campamento de verano con:

  • 80 participantes.
  • 8 monitores/as.
  • Duración de 10 días.
  • Actividades de mañana, tarde y noche.

Durante el campamento han surgido varios problemas:

  • Dos monitores tienen conflictos personales.
  • Una monitora llega tarde habitualmente a las reuniones.
  • Hay falta de coordinación en los cambios de actividad.
  • Parte del equipo considera que no se les escucha.
  • Se acerca una excursión importante que requiere una buena organización.

Tarea individual

Cada alumno/a deberá elaborar un documento digital que incluya:

1. Diagnóstico de la situación

Identificar:

  • Problemas detectados.
  • Posibles causas.
  • Consecuencias para el funcionamiento del equipo.

2. Plan de coordinación

Diseñar:

  • Objetivos para mejorar el funcionamiento del equipo.
  • Medidas concretas que pondría en marcha.
  • Estrategias de resolución de conflictos.

3. Herramientas de coordinación

Crear al menos tres herramientas, por ejemplo:

  • Orden del día para una reunión de equipo.
  • Cuadrante de tareas.
  • Grupo de comunicación interna.
  • Hoja de seguimiento de incidencias.
  • Turnos de responsabilidad.
  • Documento compartido de programación.

4. Dinámica de cohesión

Buscar o diseñar una dinámica de 15 minutos para mejorar la cohesión del equipo de monitores/as.

Deberán indicar:

  • Nombre.
  • Objetivos.
  • Desarrollo.
  • Materiales.
  • Duración.

5. Uso de herramientas digitales

Investigar una herramienta digital útil para coordinar equipos (Trello, Google Drive, Slack, Google Calendar, Notion, Microsoft Teams, etc.) y elaborar una breve ficha indicando:

  • Para qué sirve.
  • Ventajas.
  • Cómo podría utilizarse en un campamento o actividad de tiempo libre.

Puesta en común (30 minutos)

Cada participante dispondrá de unos minutos para presentar:

  • El principal problema detectado.
  • La herramienta de coordinación que ha diseñado.
  • La aplicación digital seleccionada.

El resto del grupo podrá realizar preguntas o aportar mejoras.

No quiero que pienses como yo. Quiero que seas capaz de pensar

Esta entrada nace de un par de momentos vividos este año: El primero, una discusión con un alumno de un taller de habilidades sociales que a sus 48 años afirmaba que la formación era una chorrada y que él «no se había equivocado nunca» (ole sus kinder...) Mi primera reacción fue pensar que la pregunta estaba mal planteada. El segundo una discusión muy cordial con un chaval de 17 años sobre sus ideas de extrema derecha, rozando la ilegalidad.

Obviamente, ante semejantes joyas, lo primero que se te (me) viene a la cabeza es un «estás equivocado» y comienzas a armar un discurso para replicar. Pero ¿con qué objetivo? ¿Convencer? ¿Demostrar el error? ¿Educar?

Para mi, el objetivo no debería ser desmontar unas ideas para sustituirlas por las mías. Eso, en el fondo, es hacer exactamente lo mismo que hacen quienes intentan convencerte de que solo existe una forma correcta de entender el mundo. Lo verdaderamente importante es otra cosa. Enseñar a la peña a pensar.

Cada vez estoy más convencido de que la educación no consiste en llenar cabezas de respuestas, sino en vaciarlas de verades (las absolutas, principalmente) Vivimos rodeados de personas que tienen una opinión firme sobre absolutamente todo. Da igual si hablan de política, de educación, de vacunas, de inmigración, del cambio climático o de la receta de la tortilla de patata. Todo el mundo parece tener una respuesta inmediata. Y, por supuesto, la correcta.ç

Las redes sociales no ayudan (vale que últimamente estoy yo maniático con esto. ej. 1 y ej. 2) No premian a quien duda. Premian a quien afirma. No premian la complejidad. Premian el titular. No premian los matices. Premian el enfrentamiento. Y así acabamos creyendo que el mundo se divide entre buenos y malos, entre los que tienen razón y los que están completamente equivocados.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Qué descanso sería que la realidad fuera tan sencilla. El problema es que no lo es. Las ideologías extremistas funcionan porque ofrecen algo que todos buscamos alguna vez: certezas. Te dicen quién tiene la culpa, quién es el enemigo y cuál es la solución. No hace falta pensar demasiado. Solo elegir un bando. Es cómodo, aunque peligrosamente básico. No porque quien cae en esos discursos sea tonto. Al contrario. Nadie es inmune a los mensajes que apelan al miedo, a la identidad o a la necesidad de pertenecer a un grupo. Todos somos vulnerables cuando alguien nos ofrece explicaciones fáciles para problemas difíciles.

Por eso creo que la mejor herramienta contra cualquier fanatismo no es un discurso mejor. Es una buena pregunta:

  • ¿Quién dice eso?
  • ¿Cómo lo sabe?
  • ¿Qué pruebas aporta?
  • ¿Qué fuentes utiliza?
  • ¿Qué intereses puede tener?
  • ¿Qué tendría que pasar para que cambiara de opinión?


Son preguntas mucho menos espectaculares que un discurso épico. No se hacen virales. No consiguen miles de «me gusta». Pero tienen una virtud maravillosa: obligan a pensar. Y pensar cansa. Mucho más que repetir.

Como persona que cree en la educación, me preocupa menos que un adolescente tenga una idea equivocada que el hecho de que no sepa cómo comprobar si lo está: Porque hoy será una ideología extremista; mañana será una estafa; pasado mañana un gurú financiero…. Y dentro de unos años alguien que le prometa soluciones mágicas para problemas que llevan siglos siendo complejos.

El pensamiento crítico no consiste en desconfiar de todo. Consiste en no regalar la confianza. En aprender a distinguir una evidencia de una opinión. Un dato de un eslogan. Una investigación de un vídeo de treinta segundos.

También implica aceptar algo incómodo: que nosotros mismos podemos equivocarnos. Y eso cuesta. Nos encanta hablar de libertad de pensamiento, pero pocas veces hablamos de la libertad de cambiar de opinión. Parece que rectificar está mal visto. Como si reconocer un error nos hiciera más pequeños.

A mí me encanta ver a personas que son capaces de decir: «No lo sabía», «Me he equivocado» o «Déjame pensarlo mejor».

Quizá la educación del futuro no necesite tanto enseñar respuestas como enseñar a formular mejores preguntas. Porque quien aprende a pensar por sí mismo es mucho más difícil de manipular:

  • Por un político.
  • Por un influencer.
  • Por un algoritmo.
  • O incluso por alguien que escribe un artículo como este.


Y, si después de leerlo, has sentido la tentación de darme la razón sin cuestionar nada de lo que he escrito, quizá deberías releer la entrada

¿Por qué debería creer a este de «elcasopablo»? ;O)