No, no nos están invadiendo. Y no, una persona extranjera no tiene la culpa de que tu alquiler cueste 900 euros

Hay una cosa que últimamente me fascina bastante: la facilidad con la que «hemos» conseguido convertir la inmigración en la explicación universal para prácticamente cualquier problema que tengamos. No hay vivienda: inmigración. La sanidad está saturada: inmigración. El colegio tiene demasiados chavales por aula: inmigración. Hay delincuencia: inmigración. Los salarios son una mierda: inmigración. No encuentras piso: inmigración. Tu barrio ha cambiado: inmigración. Y si mañana llueve tres días seguidos, probablemente alguien terminará diciendo que tampoco pasaba antes de que llegaran los menas.

Lo curioso es que esta explicación tan maravillosa tiene una ventaja enorme: no obliga a pensar demasiado. No obliga a preguntarse por la vivienda pública que no hemos construido, por los salarios que llevan años perdiendo poder adquisitivo, por el deterioro de determinados servicios, por la concentración de pobreza, por la precariedad laboral o por las decisiones políticas tomadas durante décadas. Todo eso es bastante complicado. Requiere datos, contexto y alguna que otra gráfica. En cambio, [INSERTAR AQUÍ NOMBRE EXTRANJERO] vive en el tercero B y se le ve perfectamente desde la ventana. Así que ese vecino del tercero, tiene muchas papeletas para acabar siendo el culpable. Y de eso va bastante el asunto.

Porque una cosa es hablar de inmigración y otra muy distinta hablar de invasión. La primera es una realidad demográfica, económica y social que puede analizarse y discutirse. La segunda es una palabra elegida para provocar miedo. Nadie habla de invasión porque haya hecho una tabla de Excel y haya llegado científicamente a esa conclusión. Se habla de invasión porque la palabra ya te dice lo que tienes que sentir antes de empezar a pensar.

España recibe mucha inmigración. Evidentemente. Según los datos de la Estadística Continua de Población del Instituto Nacional de Estadística, en 2026 vivimos en España cerca de cincuenta millones de personas y más de diez millones habían nacido fuera del país. Es un cambio demográfico importantísimo y negarlo sería tan absurdo como afirmar que Oviedo tiene playa.

Pero aquí empieza la primera trampa: nacido en el extranjero no significa inmigrante irregular. Tampoco significa extranjero. En esos diez millones hay ciudadanos comunitarios, trabajadores con permiso de residencia, estudiantes, personas refugiadas, profesionales, parejas de españoles, personas nacionalizadas y gente que lleva aquí más años que muchos de los que ahora les explican cómo funciona España. Y después están las llegadas irregulares, que son otra cosa.

Los balances del Ministerio del Interior muestran que en 2025 llegaron irregularmente a España unas 25.300 personas, más de un 40 % menos que el año anterior. Durante el primer semestre de 2026 fueron algo más de 12.000, frente a cerca de 18.000 en el mismo periodo de 2025. Son cifras que pueden generar una presión muy seria en territorios concretos y que necesitan medios, planificación y una política migratoria sensata. Especialmente en Canarias, Ceuta o Melilla.

Pero España tiene casi cincuenta millones de habitantes. Así que uno puede defender que esas llegadas deben gestionarse mejor. Puede defender más controles, más recursos o una política distinta. Lo que cuesta bastante más es llamar a eso invasión sin que se note un poco el cartón piedra.

Imagen de Tomasz en Pixabay

Luego está el inmigrante de WhatsApp. Ese es mi favorito. El inmigrante de WhatsApp llega a España, baja de una patera, recibe inmediatamente un piso, un teléfono móvil último modelo, una paga de 2.000 € y probablemente una suscripción a Netflix. No trabaja jamás, no paga un impuesto en su vida y se pasa las tardes esperando a que llegue el próximo español al que quitarle una ayuda.

El problema es que el inmigrante de WhatsApp vive muchísimo mejor que el inmigrante del INE. Porque según los datos de la Seguridad Social, en julio de 2026 España superó por primera vez los tres millones y medio de trabajadores extranjeros afiliados. Más del 15 % de todas las personas afiliadas a la Seguridad Social son extranjeras. En sectores como la hostelería, la agricultura o la construcción su peso es todavía mucho mayor.

Es decir, trabajan. Mucho, y además cotizan y hacen gasto aquí (que parece que hay que contarlo en modo A, B, C...) pagan IVA cuando compran, pagan IRPF cuando les corresponde, pagan alquileres, compran comida, utilizan transporte. Hacen todas esas cosas extrañísimas que también hacemos quienes hemos tenido la enorme fortuna administrativa de nacer dentro de unas determinadas fronteras.

También hay más de medio millón de autónomos extranjeros, según los datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Pagan cotizaciones (fíjate tú…)

Pero existe una especie de fenómeno óptico curioso. Cuando una persona extranjera cobra una prestación es inmediatamente «el inmigrante que vive de nuestros impuestos». Cuando esa misma persona paga impuestos durante veinte años, aparentemente deja de ser inmigrante. Misterios de la estadística política.

Otro clásico es aquello de que «llegan y les dan una paga». No. No funciona así. El Ingreso Mínimo Vital, que es probablemente la prestación que más bulos ha acumulado desde su creación, exige como regla general residencia legal y efectiva en España durante al menos el año inmediatamente anterior a la solicitud, además de requisitos de renta, patrimonio y composición familiar. Eso lo explica el propio Ministerio de Inclusión y lo recoge la Seguridad Social. Por tanto, una persona que acaba de llegar irregularmente no puede acercarse a una oficina y decir «buenas tardes, vengo a por mi paga de inmigrante» No existe. Puede recibir ayuda humanitaria, alimentación, alojamiento temporal o asistencia de emergencia. Por supuesto. Porque dejar a una persona sin comer y durmiendo en la calle quizá no debería ser el gran objetivo político de una sociedad civilizada. Pero atención humanitaria no es lo mismo que vivir permanentemente subvencionado.

Tampoco cobran más por ser extranjeros. La cuantía del Ingreso Mínimo Vital depende fundamentalmente de los ingresos del hogar y del número de personas que lo forman. En 2026 la renta garantizada para una persona sola se situaba algo por encima de los 730 euros mensuales, pero eso no significa que cualquier beneficiario reciba íntegramente esa cantidad. El IMV funciona completando los ingresos hasta determinados umbrales. Según los datos publicados por el Ministerio de Inclusión en marzo de 2026, la prestación media efectiva rondaba los 543 euros mensuales por hogar.

Hay otro detalle maravilloso que suele desaparecer en los vídeos donde alguien grita delante del móvil que «nos están robando las paguitas«: más del 40 % de las personas protegidas por el IMV son menores. Niños, niñas, adolescentes. Pero decir «estamos intentando reducir la pobreza infantil» genera bastante menos indignación que poner una foto de un señor extranjero y escribir debajo 1.800 EUROS AL MES POR VENIR EN PATERA.

Así funcionan muchas cosas ahora.

Después tenemos aquello de que nos quitan el trabajo. Siempre me ha resultado interesante porque implica imaginar la economía española como el juego de las sillas. Hay diez puestos de trabajo, llegan dos colombianos, se sientan y automáticamente dos españoles se quedan de pie.

No funciona exactamente así. Las personas que llegan también consumen. También alquilan. También compran. También necesitan peluquerías, bares, supermercados, transporte, ropa y servicios. También crean empresas y generan actividad económica.

El Banco de España estimó que entre 2022 y 2024 la población extranjera contribuyó directamente entre cuatro y siete décimas al crecimiento anual del PIB per cápita. La OCDE, en sus análisis sobre España, calcula además que los trabajadores migrantes han supuesto alrededor del 45 % del crecimiento neto del empleo en los últimos años.

Esto no significa que la inmigración sea una especie de máquina mágica de fabricar riqueza. También puede existir competencia en determinados empleos, especialmente en los peor pagados. Y existe un problema real de precariedad y explotación laboral.

Pero aquí quizá convendría señalar correctamente al responsable. Si un empresario contrata a una persona sin papeles por cuatro euros la hora para evitar pagar diez a otra persona, el problema no es el pobre desgraciado que acepta cuatro euros porque necesita comer. El problema es quien ha descubierto que puede utilizar su vulnerabilidad para empeorar las condiciones de todos.

Resulta mucho más cómodo enfrentar a los dos trabajadores. Uno cobra poco. El otro cobra todavía menos. Y mientras discuten entre ellos sobre quién está destruyendo España, quien les paga a ambos probablemente esté encantado.

También nos dicen que los inmigrantes están destruyendo nuestros barrios (esto ya me ha tocado hasta discutirlo con varias vecinas de portal…) Aquí hay que tener cuidado porque los barrios sí están cambiando. Y hay lugares donde el cambio está siendo rápido. Hay colegios con mucha concentración de alumnado extranjero, servicios sociales con sobrecarga, problemas de vivienda, segregación, dificultades de convivencia y zonas donde la integración no está funcionando como debería.

Todo eso existe. Negarlo sería bastante estúpido. Según el Ministerio de Educación, durante el curso 2024-2025 había más de 1,1 millones de alumnos extranjeros en el sistema educativo español, aproximadamente el 13 % del total, aunque con una distribución muy desigual según territorios y centros. Eso obliga a poner recursos.

Obliga a reforzar determinados colegios, a evitar la segregación, a trabajar desde los servicios sociales, a hacer política.

Lo que no obliga es a pensar que el problema es que una niña de Ecuador esté sentada en el pupitre de al lado. Porque muchas veces lo que llamamos «problema de inmigración» es en realidad un problema de pobreza concentrada. Si metemos en el mismo barrio vivienda barata, precariedad, servicios insuficientes y familias vulnerables de distintos orígenes, acabaremos teniendo problemas. Pero no porque haya una determinada nacionalidad. Porque hemos concentrado desigualdad.

La vivienda es probablemente el ejemplo más claro. España tiene un problema enorme de acceso a la vivienda y la llegada de más población aumenta la demanda. Por supuesto. Sería absurdo negarlo.

Así que quizá haya que preguntarse por qué llevamos décadas construyendo tan poca vivienda pública. Quizá haya que hablar de alquiler turístico, de especulación, de concentración urbana, de los salarios… Quizá de propietarios que pueden subir 300 euros un alquiler porque alguien terminará pagándolo. Todo eso es bastante más complicado que señalar al senegalés que ha alquilado el piso del cuarto.

Luego llegamos a la delincuencia y aquí aparece uno de esos momentos en los que conviene no hacer trampas ni para un lado ni para el otro.

Los datos existen. Según la Estadística de Condenados del INE correspondiente a 2025, alrededor del 70 % de los adultos condenados tenía nacionalidad española.

Hay inmigrantes delincuentes. Claro. También hay asturianos delincuentes. Francesas delincuentes. Médicos delincuentes. Abogadas delincuentes. Rubios delincuentes. No parece demasiado útil organizar el Código Penal por esas categorías.

Quien comete un delito debe responder por él. Punto.

Lo extraño es que cuando un español roba un coche nadie escribe «un europeo occidental de tradición cristiana roba un vehículo» (que tengamos que aclarar esto en 2026…) Cuando el detenido se llama [INSERTAR AQUÍ NOMBRE EXTRANJERO] parece convertirse inmediatamente en representante diplomático de toda su cultura.

Y después está aquello de que la criminalidad se ha disparado desde que hay inmigración.

El Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior correspondiente al primer trimestre de 2026 registró un incremento global cercano al 1 % respecto al mismo periodo del año anterior. Uno por ciento. Mientras tanto, la población nacida en el extranjero lleva años aumentando con mucha intensidad. Así que quizá la ecuación «entra un inmigrante, aparece un delincuente» necesite alguna revisión.

Luego tenemos nuestras pensiones.

Aparentemente los inmigrantes vienen también a destruirlas. Solo que la población extranjera es bastante más joven que la española y está mucho más concentrada en edades laborales. Eso significa que actualmente aporta millones de cotizantes a un país que envejece rápidamente.

No van a solucionar mágicamente el sistema de pensiones. También envejecerán y también tendrán derechos después de cotizar. Pero resulta bastante curioso escuchar que están hundiendo la Seguridad Social mientras más de tres millones y medio están precisamente pagando cotizaciones todos los meses.

Y finalmente llega la frase mágica. «Primero los de aquí»

Siempre he tenido curiosidad por saber dónde acaba exactamente el «aquí». ¿Una colombiana que lleva veinte años en Gijón es de aquí? ¿Su hija nacida en Cabueñes? ¿Un rumano que lleva quince años trabajando en Avilés? ¿Un marroquí nacionalizado?

¿Alguien deja de ser extranjero cuando recibe el DNI o necesita además pasar una prueba sobre dónde se escancian la mejor sidra?

Si una familia española necesita una vivienda social, quiero que haya una vivienda social. Si otra familia extranjera también la necesita, quiero que haya dos. Lo que me parece bastante más grotesco es asumir que debemos aceptar que haya veinte viviendas para doscientas familias y después organizar una competición entre pobres para decidir cuál merece quedarse fuera.

Eso es exactamente lo que hacemos muchas veces. Convertir problemas verticales en guerras horizontales.

  • El que cobra 1.200 euros enfadado con el que cobra 900.
  • El que espera una ayuda enfadado con otro que también la necesita.
  • El trabajador precario contra el inmigrante precario.
  • Dos familias pobres peleándose por un piso público.
  • Y mientras tanto, nadie mira demasiado hacia arriba.
  • Imagínate un barrio cualquiera.
  • Tu alquiler ha subido.
  • El médico tarda en darte cita.
  • El colegio necesita más profesores.
  • Tus hijos no consiguen independizarse.
  • El supermercado es cada vez más caro.
  • Tu sueldo sigue prácticamente igual.

Y entonces alguien señala a una familia extranjera del portal y dice: «Ahí está el problema»

Es una explicación fantástica. Porque esa familia tiene cara. Las políticas de vivienda no. Las decisiones presupuestarias tampoco y la desigualdad no se cruza contigo en el ascensor y tu vecino o vecina, si.

Quizá ahí está la gran victoria del discurso xenófobo. Conseguir que problemas enormes, complejos y profundamente políticos terminen reducidos a una persona que vive dos pisos más abajo.

Todo esto no significa que tengamos que convertirnos en idiotas felices y afirmar que la inmigración es maravillosa, que todo funciona perfectamente y que cualquier preocupación es automáticamente racista. No.

  • Necesitamos vías legales de entrada.
  • Necesitamos procedimientos de asilo que funcionen.
  • Necesitamos perseguir mafias.
  • Necesitamos inspección laboral.
  • Necesitamos integración.
  • Necesitamos evitar guetos.
  • Necesitamos distribuir mejor los recursos.
  • Necesitamos apoyar a los municipios y barrios donde se concentra la llegada de población.
  • Y necesitamos actuar contra quien delinque.

Todo eso es perfectamente compatible con no tratar a millones de personas como una amenaza colectiva.

Como ideas:

  • España podemos discutir la política migratoria sin inventarse paguitas.
  • Podemos hablar de delincuencia sin transformar una nacionalidad en diagnóstico criminológico.
  • Podemos hablar de vivienda sin fingir que hasta ayer teníamos pisos baratos para todo el mundo.
  • Podemos generar inclusión sin exigir que alguien renuncie hasta a su nombre para que lo consideremos «uno de los nuestros»

Porque además convendría recordar algo. Según el INE, más de tres millones de españoles viven actualmente en el extranjero.

España sabe bastante de emigrar. Asturianos en América. Gallegos en Cuba y Argentina. Españoles en Francia, Alemania o Suiza. Personas que se marcharon porque aquí no había trabajo. Personas que cruzaron fronteras buscando exactamente lo mismo que busca muchísima gente ahora: vivir un poco mejor.

Quizá podríamos tener algo de memoria antes de convertir al migrante en una criatura extraña que apareció repentinamente en la historia de la humanidad.

En fin, seguimos… ;O)

¿En qué momento dejamos de ser animadores/as socioculturales?

Hay una cosa que llevo tiempo observando y que, cuanto más trabajo en este sector, más me llama la atención: la cantidad de gente que ha sido animadora sociocultural pero que, en algún momento de su vida, deja de decir que lo es. Personas que estudiaron Animación Sociocultural, que hicieron cursos de monitor o de dirección de tiempo libre, que estuvieron en asociaciones, que organizaron campamentos, talleres, actividades juveniles, proyectos comunitarios, semanas culturales, encuentros, juegos, fiestas, acciones de calle y cientos de cosas más, pero que después estudiaron otra carrera, encontraron otro trabajo, aprobaron una oposición o entraron en una administración y pasaron a ser educadoras sociales, trabajadoras sociales, profesoras, técnicas de juventud, gestoras culturales, psicólogas, orientadoras o coordinadoras de proyectos. Y, casi sin darnos cuenta, dejaron de ser animadoras socioculturales. O, al menos, dejaron de decir que lo eran.

Esto me resulta especialmente curioso porque rara vez escuchamos a alguien decir «antes era trabajador social» o «cuando era joven fui educadora social», mientras que sí es tremendamente habitual escuchar aquello de «yo fui monitor», «yo también hice animación sociocultural (TASOC)» o «cuando era joven estaba metido en esas cosas». Hay algo en esta profesión que parece condenarla a ser considerada una etapa, algo que haces mientras estudias, mientras encuentras algo mejor, mientras consigues estabilidad o mientras llega ese trabajo que socialmente sí consideramos un trabajo de verdad. Y quizá deberíamos preguntarnos seriamente por qué hemos asumido con tanta naturalidad que la animación sociocultural es un lugar por el que se pasa y no un lugar en el que alguien puede decidir quedarse.

Imagen creada con IA a partir del texto de la entrada

La ASC como sala de espera

Durante muchos años hemos permitido que la animación sociocultural se construya laboralmente como una especie de sala de espera profesional. Trabajos de verano, contratos de unas pocas horas, programas de tres meses, campamentos, sustituciones, proyectos vinculados a subvenciones que hoy existen y mañana desaparecen, contratos públicos adjudicados demasiado a menudo a quien consigue ajustar más el precio, horas de preparación que nadie paga, desplazamientos que nadie contabiliza y materiales que, aparentemente, aparecen por generación espontánea. Todo ello mientras exigimos a quienes trabajan en este ámbito experiencia, formación, creatividad, capacidad de improvisación, habilidades sociales, gestión de conflictos, primeros auxilios, perspectiva de género, competencias digitales, capacidad para trabajar con infancia, juventud, personas mayores, personas con discapacidad y prácticamente cualquier colectivo que pueda existir. Después de pedir todo eso, ofrecemos doce horas semanales durante dos meses y nos sorprendemos porque esa persona, cuando encuentra una oportunidad laboral más estable, se marcha.

Por eso quizá este planteando mal la pregunta. Tal vez el problema no sea por qué tanta gente ha abandonado la animación sociocultural, sino por qué hemos construido un sector que, en demasiadas ocasiones, termina expulsando a sus propios profesionales. Si alguien puede realizar exactamente el mismo tipo de intervención desde una categoría profesional diferente, con mayor reconocimiento, mejores condiciones laborales, más estabilidad y mejores posibilidades de desarrollo, resulta bastante comprensible que termine haciéndolo. Lo preocupante no es únicamente que perdamos profesionales, sino que cada vez que ocurre perdemos también experiencia, conocimientos, metodologías y personas que podrían estar contribuyendo a consolidar profesionalmente nuestro ámbito.

«Yo empecé de monitor/a»

Hay una frase que siempre me ha parecido especialmente significativa: «yo empecé de monitor». Normalmente viene seguida de algo que socialmente interpretamos como una evolución profesional: «yo empecé de monitor y después estudié [Insertar carrera aquí]», «yo también hice campamentos, pero ahora soy… «, «yo estuve muchos años haciendo esas cosas, pero ahora trabajo en…». Evidentemente no hay absolutamente nada malo en evolucionar profesionalmente, estudiar carreras, descubrir nuevos intereses o cambiar de trabajo. El problema aparece cuando construimos una jerarquía invisible en la que monitorizar, dinamizar o dedicarse profesionalmente a la animación sociocultural ocupa necesariamente el escalón inferior, convirtiéndose siempre en aquello desde lo que se empieza y prácticamente nunca en aquello a lo que se llega.

Yo reivindico precisamente lo contrario. Hay personas que quieren dedicarse profesionalmente a la animación sociocultural. No porque no hayan conseguido otra cosa, no porque estén esperando aprobar una oposición, no porque todavía estén estudiando ni porque necesiten ganar algo de dinero durante el verano. Simplemente porque esta es su profesión. Porque saben diseñar procesos de participación, trabajar con grupos, intervenir comunitariamente, generar espacios educativos, organizar proyectos, facilitar relaciones y utilizar el ocio, la cultura, la participación y la vida comunitaria como herramientas de transformación social. Y todo eso requiere conocimientos, experiencia y profesionalidad.

No hacemos «cosas»

También creo que quienes trabajamos en animación sociocultural tenemos parte de responsabilidad porque muchas veces explicamos fatal lo que hacemos. Cuando alguien nos pregunta a qué nos dedicamos es habitual responder algo parecido a «hacemos talleres, campamentos y actividades». Y en ese momento hemos perdido una parte importante de la batalla, porque la animación sociocultural no consiste simplemente en hacer actividades. Las actividades son nuestras herramientas, de la misma manera que otras profesiones utilizan entrevistas, informes, medicamentos, planos, reuniones o procedimientos determinados. Nosotros utilizamos actividades para generar procesos, crear espacios de participación, construir comunidad, facilitar relaciones, trabajar la convivencia, generar experiencias educativas fuera de los contextos tradicionales, acompañar grupos y conseguir que personas que normalmente no participan encuentren lugares y motivos para hacerlo.

Convertimos una plaza, una biblioteca, un centro juvenil, un colegio, un centro social, una asociación o un prao en un espacio donde durante unas horas pueden ocurrir cosas. Y algunas de esas cosas aparentemente son muy pequeñas: un juego, una conversación, un taller, una excursión, una gymkhana, un café o una dinámica absurda con veinte personas moviéndose por una sala. Pero detrás debería existir una intención, porque la animación sociocultural no consiste simplemente en entretener a la gente para que pase el tiempo; consiste en utilizar ese tiempo para generar encuentros, aprendizajes, vínculos, participación y experiencias compartidas. Puede parecer una diferencia pequeña cuando se explica, pero profesionalmente es una diferencia enorme.

Lo que aprendimos haciendo el canelo

También se comete un error bastante curioso: avergonzarnos de nuestra propia metodología. Parece que cuanto más profesional te vuelves, más «serio» tienes que parecer. Dejamos las dinámicas, dejamos los juegos, dejamos de mover las mesas y empezamos a utilizar presentaciones, conceptos sofisticados y palabras en inglés. Y un día descubres que alguien está cobrando una cantidad considerable de dinero por impartir una formación empresarial utilizando prácticamente la misma dinámica que tú aprendiste en un curso de monitor/a de tiempo libre cuando tenías dieciocho años. Solo que ahora se llama team building. Lo que nosotros llamábamos dinámica de presentación ahora es un icebreaker, lo que llamábamos evaluación grupal puede convertirse en una retrospective y aquello de poner a un grupo a construir una torre con cuatro materiales resulta que ahora sirve para desarrollar liderazgo, comunicación, creatividad, pensamiento estratégico y cohesión de equipos.

Pues claro que sirve para eso. Precisamente por que la ASC lleva décadas haciendo este tipo de cosas. No estábamos haciendo el canelo, aunque a veces desde fuera pudiera parecerlo. O quizá sí estábamos haciendo un poco el chorras, pero lo hacíamos con objetivos, metodología y una intención educativa detrás. Una de las cosas que necesita urgentemente la animación sociocultural es dejar de pedir perdón por jugar, porque el juego no es lo contrario de lo profesional y una dinámica divertida no deja de tener valor educativo porque las personas se estén riendo. Saber utilizar el juego, adaptar una actividad a un grupo, leer lo que está ocurriendo dentro de él y modificar sobre la marcha una propuesta requiere mucha más profesionalidad de la que normalmente reconocemos.

Una profesión que está en todas partes y no aparece en ninguna

Lo paradójico es que vivimos en un momento en el que probablemente necesitamos más animación sociocultural que nunca.

Hablamos constantemente de soledad no deseada, aislamiento social, jóvenes que no encuentran espacios de participación, barrios donde las personas apenas se conocen, envejecimiento, salud comunitaria, convivencia intercultural, participación ciudadana, ocio saludable, prevención, redes comunitarias, asociacionismo, recuperación del espacio público y necesidad de construir comunidad. Y resulta que existe una disciplina profesional que lleva décadas trabajando precisamente sobre muchas de estas cuestiones, pero que muchas veces desaparece de los discursos, de los equipos profesionales e incluso de los propios proyectos.

Creamos programas de dinamización comunitaria, laboratorios ciudadanos, experiencias participativas, procesos de innovación social, estrategias de participación y espacios de cocreación. Muchos de ellos son interesantes, innovadores y necesarios, pero otras veces no puedo evitar pensar que estamos haciendo animación sociocultural con nombres que quedan bastante mejor en una memoria técnica. Hemos conseguido una situación extraña en la que buena parte de las metodologías, principios y objetivos de la ASC están absolutamente presentes en políticas públicas y proyectos sociales, culturales y educativos, mientras la propia expresión «animación sociocultural» parece haber perdido espacio. Quizá antes de inventarnos constantemente nuevas etiquetas deberíamos recuperar también algunas de las que ya teníamos.

Reivindicar la palabra animador/a

Incluso la propia palabra nos genera problemas. Dices «animador» y mucha gente piensa inmediatamente en alguien con un micrófono haciendo bailar a turistas en un hotel cantando «head, shoulders, knees and toes…» , y seguramente esa persona también sea animadora y realice un curro digno, pero nuestra profesión es muchísimo más amplia. La propia idea de animar tiene que ver con dar vida, poner en movimiento, activar algo que estaba quieto. Animar un grupo, animar una comunidad, animar a participar, crear las condiciones para que personas que permanecían al margen decidan implicarse. Pocas palabras describen mejor lo que hacemos y, sin embargo, parece que hemos decidido huir de ella en lugar de reivindicarla.

Además, hay algo especialmente bonito en la animación sociocultural y es que nosotros no somos los y las protagonistas. Muchas veces nuestro mejor trabajo ocurre precisamente cuando empezamos a dejar de ser necesarios, cuando un grupo empieza a funcionar solo, cuando unas personas que no se conocían comienzan a organizarse, cuando una actividad deja de pertenecernos o cuando alguien que llegó diciendo «yo solo vengo a mirar» termina proponiendo qué podemos hacer la semana siguiente. Ahí hay animación sociocultural. No siempre es espectacular, no siempre produce fotografías maravillosas para las redes sociales y muchas veces ni siquiera puede medirse fácilmente en un formulario de evaluación, pero probablemente sea una de las partes más importantes de nuestro trabajo.

También necesitamos mirarnos nosotros

Reivindicar la animación sociocultural tampoco significa idealizarla ni fingir que todo lo que hacemos está bien. Tenemos muchos problemas que debemos afrontar: precariedad, categorías profesionales confusas, convenios que no siempre reflejan adecuadamente nuestras funciones, concursos públicos donde importa demasiado el precio y demasiado poco el proyecto, empresas que compiten rebajando costes laborales, administraciones que quieren proyectos maravillosos con presupuestos imposibles, profesionales quemados y una tradición peligrosísima de utilizar la vocación como argumento para justificar condiciones laborales que no aceptaríamos en otros sectores.

Porque parece que, como un trabajo sea divertido no significa que no sea trabajo, que exista vocación no elimina las facturas y querer contribuir a transformar la realidad no debería implicar hacerlo en precario. Si queremos reivindicar de verdad la animación sociocultural también tenemos que reivindicar condiciones laborales dignas, presupuestos adecuados, reconocimiento profesional y estabilidad para quienes hacen posible esos proyectos.

Yo sigo siendo animador sociocultural

Quizá por todo esto cada vez me gusta más decirlo claramente: soy animador sociocultural. Sin traducirlo, sin adornarlo y sin convertirlo en «consultor de procesos socioeducativos comunitarios estratégicos transversales 4.0» para que parezca que hago algo más importante.

Animador sociocultural. Porque detrás de esas dos palabras caben muchas de las cosas que llevo años haciendo: formar, jugar, coordinar, diseñar proyectos, montar «cosas» , facilitar grupos, trabajar con todo tipo de colectivos, entrar en aulas, salir a una plaza, preparar materiales, inventar dinámicas, evaluar, escuchar, negociar, gestionar conflictos e improvisar cuando todo lo que estaba perfectamente planificado se va a la mierda. Y, por supuesto, recoger después. Siempre recoger después ;O)

La animación sociocultural es una profesión. Y una «manera de entender» cómo trabajamos. Una profesión que necesita profesionales formados, reconocidos y pagados como tales. Una profesión que lleva décadas haciendo muchas de las cosas que ahora hemos decidido llamar innovación social, participación comunitaria o creación de redes.

En fin, vaya desahogo de domingo. Por supuesto, esta entrada es una opinión, la cual no tenéis que compartir. A mi me apetecía compartirla, debe ser la proximidad de septiembre y del «nuevo curso» que me hace pensar.

6 años de El Taller ASC

Otro 6 de agosto para «echar a la saca» y además es que este «6» El Taller Animación Sociocultural cumple… ¡¡¡ 6 años !!!

Quién me iba a decir a mi que iba a disfrutar tanto de hacerme «automono» y montar una empresa de lo mio. Hay veces que hasta que no lo pruebas…

Quien me conozca sabe que no romantizo nada el emprendimiento o que venda las bondades de la autoexplotación, de hecho ni me gusta hablar de ello y mucho menos ponerlo en práctica. ¿Qué se echan horas? A veces, como también tienes incertidumbre, dudas, clientes que tardan en pagar, propuestas que no te aceptan… y un sinfín de aspectos muy poco positivos, pero como si esto fuera un proyecto (de hecho, lo es. Mi proyecto profesional) todo ese listado de perrerías se compensa por la metodología y la temporalización:

La metodología: Una de las mayores ventajas de trabajar como autónomo es que nadie me dice cómo tengo que hacer las cosas. No tengo que repetir un powerpoint porque «siempre se hizo así», ni encajar en un manual que convierte todas las formaciones en una copia de la anterior; o machar una actividad de «recorta, pinta y colorea». Eso me permite diseñar cada intervención desde cero, pensando en las personas que voy a tener delante y no en un programa prefabricado.

En El Taller ASC no hay dos días iguales. Una semana puedo estar supervisando un campamento infantil, impartiendo una formación sobre comunicación para voluntariado de una entidad, diseñando un taller de psicomotricidad para educadoras infantiles, preparando un curso para dirección de tiempo libre o dinamizando una actividad con jóvenes. Esa variedad no es un inconveniente; es precisamente la esencia de este proyecto. Cada contexto obliga a aprender cosas nuevas, a leer, a investigar y a adaptar la forma de intervenir.

Tampoco creo en la metodología entendida como una receta. Las herramientas están al servicio de las personas, no al revés. Si una dinámica funciona, se utiliza. Si una conversación espontánea aporta más que la actividad prevista, se cambia el plan. Si un grupo necesita moverse, se mueve. Si necesita parar y reflexionar, se para. La planificación es importante, pero nunca más importante que la realidad que está ocurriendo delante de nuestras narices.

La temporalización: No me organizo alrededor de un horario fijo, sino a los objetivos que haya en ese momento. Una de las cosas que más valoro de ser autónomo es la capacidad de decidir cuándo trabajar y cuándo no hacerlo. Poder ir a tomar un café un martes por la mañana, salir a dar una vuelta si hace buen día (a ver, soy asturiano…) o dedicar una tarde a leer, escribir o simplemente descansar sin tener que pedir permiso a nadie. Esa libertad es una de las principales ventajas de esta manera de currar. Pero esta libertad solo existe aceptando la otra cara de la moneda. Hay fines de semana en los que toca impartir un curso, campamentos que empiezan un lunes a las ocho de la mañana, proyectos que requieren muchas horas seguidas o momentos del año en los que el volumen de trabajo es especialmente intenso. Eso, también forma parte del oficio.

Al final, la temporalización de El Taller ASC responde a una idea muy sencilla: trabajar mucho cuando hace falta, descansar cuando se puede y no sentir culpa por ninguna de las dos cosas. Porque el objetivo no es estar siempre ocupado, sino construir una forma de trabajar sostenible, que me permita disfrutar del tiempo libre como del trabajo cuando toca hacerlo.

En fin, que toca celebrar este 6 aniversario, que vengan muchos más y que ¡¡¡ VIDA LA ANIMACIÓN SOCIOCULTURAL !!! ;O)