«Innovar» en educación: cuando el cambio encuentra resistencia

Hablar de innovación educativa suele despertar… ¿entusiasmo? ¿Asociamos la innovación con creatividad, mejora, transformación y progreso? En ocasiones creo que la innovación en educación es meter más tecnología porque sí. Pantallas digitales en cada aula, perfiles de clases en RRSS, cursos sobre IA y bla bla bla. Desde mi punto de vista se confunde la herramienta con el fin…

Sin embargo, quienes han intentado poner en marcha cambios reales en cualquier contexto educativo saben que innovar no es simplemente tener una buena idea y meterle TIC. Innovar implica planificar, perseverar, implicar a las personas y, sobre todo, enfrentarse a resistencias.

La innovación no surge por casualidad. Requiere definir objetivos claros, establecer estrategias, movilizar recursos y mantener el esfuerzo a lo largo del tiempo. Además, cualquier propuesta innovadora entra inevitablemente en conflicto con prácticas, hábitos y formas de entender la educación que ya están asentadas. Por ello, toda innovación lleva asociada una cierta dosis de resistencia.

Venga, te lo cuento ya, esto no es una entrada sobre innovación, si no sobre resistencias ;O)

Aquí, usando una pizarra digital… que innovador…

Las diferentes caras de la resistencia al cambio

No todas las resistencias se manifiestan de la misma manera. Algunas aparecen de forma sutil y otras de manera completamente abierta.

Los obstáculos suelen adoptar formas pasivas: falta de coordinación, dificultades organizativas, ausencia de planificación o acciones que, sin buscarlo expresamente, terminan dificultando el proceso innovador.

El rechazo implica una oposición más evidente. Puede estar fundamentado en argumentos razonados sobre la conveniencia o no de una propuesta, o surgir de emociones, miedos e inseguridades que genera cualquier cambio.

La resistencia puede ser activa o pasiva. Hay quienes muestran abiertamente su desacuerdo y quienes simplemente dejan que las cosas no avancen. También puede ser permanente o aparecer únicamente ante determinadas innovaciones.

Por último, encontramos los bloqueos, que suelen provenir de instancias superiores y responden a cuestiones ideológicas, políticas o estructurales que impiden el desarrollo de determinadas iniciativas.

¿De dónde surgen las resistencias?

Las dificultades para innovar no dependen únicamente de las personas. Existen factores que operan en diferentes niveles y que condicionan el éxito o el fracaso de cualquier proceso de cambio.

El peso del contexto social

La sociedad influye profundamente en la capacidad de innovar. Los valores culturales dominantes, las estructuras sociales, la disponibilidad de recursos o la existencia de normativas rígidas pueden favorecer o limitar las transformaciones educativas.

Cuando la innovación no encuentra apoyo social o institucional, las posibilidades de éxito disminuyen considerablemente.

Las contradicciones del propio sistema educativo

El sistema educativo vive permanentemente entre dos funciones: conservar y transformar.

Por una parte, tiene la misión de transmitir conocimientos, valores y cultura. Por otra, debe adaptarse a las necesidades cambiantes de la sociedad. Cuando predomina la función conservadora y reproductora, la innovación encuentra mayores dificultades para desarrollarse.

Problemas en el diseño de las innovaciones

No todas las dificultades provienen del entorno. En ocasiones, las propias propuestas innovadoras presentan debilidades.

La falta de objetivos claros, la escasa planificación, la ausencia de conexión con las necesidades reales del alumnado o la falta de utilidad práctica pueden generar rechazo incluso entre quienes inicialmente estaban dispuestos a participar.

La influencia de los grupos y las organizaciones

El clima de trabajo resulta determinante.

La falta de comunicación, los ambientes negativos, los liderazgos excesivamente jerárquicos, la burocracia, la escasez de apoyos o el individualismo dentro de los equipos educativos dificultan enormemente cualquier intento de cambio.

Por el contrario, los entornos colaborativos y participativos suelen convertirse en auténticos motores de innovación.

El papel de cada profesional

Finalmente, la innovación también depende de las personas.

La falta de formación específica, las inseguridades profesionales, los hábitos muy arraigados o las expectativas personales pueden generar resistencias individuales que condicionen el proceso.

La confianza en la propuesta, la percepción de utilidad y la credibilidad de quienes lideran el cambio son factores decisivos para lograr la implicación de los profesionales.

Innovar también significa gestionar resistencias

Una de las principales conclusiones que podemos extraer es que las resistencias forman parte natural de cualquier proceso de innovación. No son una anomalía ni una señal de fracaso, sino una realidad que debe ser comprendida y gestionada.

Por ello, innovar no consiste únicamente en diseñar nuevas propuestas. También implica anticipar dificultades, identificar posibles barreras y generar condiciones favorables para que el cambio pueda consolidarse.

La administración educativa, los centros, los equipos docentes y el conjunto de agentes educativos tienen una responsabilidad compartida en la creación de entornos que favorezcan la innovación. Sin apoyo institucional, recursos adecuados, liderazgo participativo y formación continua, las buenas ideas corren el riesgo de quedarse en simples intenciones.

Porque, al fin y al cabo, innovar no es únicamente introducir novedades. Innovar es construir las condiciones necesarias para que las mejoras (o transformaciones) puedan hacerse realidad.

De necesidad, carencia, demanda o expectativas…

Imagen de Stadnik en Pixabay

Una NECESIDAD es una tensión que impulsa a tener que satisfacer algo considerado deseable. Término con evidente subjetividad: una persona/grupo siente que le falta algo importante que puede llegar a ser básico o esencial para alcanzar sus propósitos, ya sean necesidades básicas, algo menos profundo vivido con mayor o menor o intensidad, o algo fruto de la tendencia a necesitar aumentar continuamente nuestras necesidades.

Sin embargo, podemos encontrar personas/grupos que, en situaciones más o menos similares, no sienten esas necesidades; estamos ante CARENCIAS objetivas, necesidades que no son sentidas como tal por quienes las experimentan y no ven, por tanto, la necesidad de tener que cubrirlas. Uno de los factores esenciales del éxito de un pro-grama es la implicación de sus destinatarios y, para ello, deben considerarlo interesante, útil, adecuado y valioso. Por ello, el primer elemento clave a la hora de diseñar programas es la identificación de las necesidades, comprobando si estamos ante necesidades en sentido estricto o ante carencias objetivas. En este segundo caso, antes de implantar el programa habrá que SENSIBILIZAR a las personas con intención de convertir esas carencias en necesidades.


Por otro lado, también encontramos DEMANDAS, necesidades sólo en sentido subjetivo, que pueden ser caprichosas, excesivas, o estar alejadas de la situación general de la comunidad. Deberán atenderse sólo cuando se hayan satisfecho, al menos, las necesidades básicas de la población con carencias más radicales.


Cabe mencionar también las EXPECTIVAS, esperanzas que pueden tener ciertos grupos de lograr determinadas metas, que necesitan del programa para ser alcanzadas. Pueden ser vistas como INDICADOR de una disposición favorable de las personas a trabajar y esforzarse en su logro, cosa que tendrá una incidencia positiva en la implantación, implementación, desarrollo y eficacia del programa. Cuando son razonables y justas, merecen ser atendidas, siempre y cuando, se cuente con los medios y recursos necesarios para crear programas que las satisfagan.

¿Enredado en las redes?

Parece imposible imaginar hoy un mundo sin redes sociales, o más sin generar / consumir contenido. Y eso que para mi, aparecieron tarde, no quiero imaginar como lo percibe quien las da por hecho.

Soy de una generación que creció en su infancia sin redes ni móviles, y en la adolescencia le  apareció «internet» con su MSN Messenger o los móviles con SMS a 25 pesetas (0,15 € para las personas nacidas posteuros) que te dejaban los justo para «dar un toque» o ya en las últimas para enviar un «llámame que no tengo saldo»

Tengo que decir que escribir el párrafo anterior me ha hecho verme como a mi abuelo cuando me contaba historias de la guerra y me hablaba de «perrines» y «perronas» en temas de dinero. Me encantaba, pero me daba la sensación de que me contaba cosas de un mundo que «no existía». 

Tiempo después llegó el Fotolog (una foto al día con algo de texto) y ya pasado 2007, hace casi 20 años, el Tuenti (nunca fui yo muy entusiasta de esta, pero claro que la tuve), Facebook… Ahí ya se empezaba a compartir más fotos y «estados» (tomando una birra con…. /  viendo una peli en…) sin criterio ninguno, casi como salir de casa con el álbum de fotos en mano para enseñarlo a quien te encontraras.

Ya luego Twitter (ahora «X»), Instagram, LinkedInEste ha sido más o menos mi recorrido por las redes sociales. No añado TikTok, porque aunque la tengo por si me pasan algún enlace, no la abro para nada más y nunca he publicado contenido (no me engancha)

La idea de esta entrada, que no trata de ser más que un reflexión en «voz alta» (o escrita), nace de un momento fuera de las redes, una conversación con amigos, hablando mientras compartíamos la tarde y esperábamos a cenar. Charlábamos sobre el uso del móvil, sobre uno que se había quitado redes, otra que le enganchaban varias, una que pasaba de todo… la vida.

Aunque siempre he usado mucho las redes sociales y me gusta hacer fotos, compartir, ver contenido, contar en que ando currando, nunca he compartido de forma explicita mi vida personal (más allá de la foto de un concierto o un ruta de senderismo….) no creo que haya abusado mucho de ellas. En casa soy más de ver «la tele» (series o películas en plataformas), podcast, libros… con el móvil al lado con el modo «no molestar» activado y pausando la peli, cerrando el libro si lo cogía; no soporto hacer otra cosa móvil en mano. Si estoy con gente el móvil se queda guardado. En el trabajo (dando formación, por ejemplo) en silencio…

Aunque no me crea enganchado (o quizá me autoengañe como buen yonki) si que últimamente me he encuentro que en los ratos muertos (esperando por alguien, haciendo tiempo antes de entrar a algún sitio, momento baño…) haciendo un ritual de abrir una por una las redes, ver si hay notificaciones y acabar en eso que llama «scroll infinito» pasando el dedo y bajando por el contenido, viendo sin ver. Sobre todo en Facebook e Instagram. En otras como Twitter o LinkedIn, solo entro si voy a publicar algo, casi sin mirar que pone el resto.  Y me ha dado por pensar que enganchado no, pero enredado en las redes… si (escribí el título con interrogaciones y así se quedará, pero a medida que escribía me queda claro que no debería llevarlas).

Lo que más me jode es que ya no me divierte tanto, ¿Cómo puede hacerlo ir en piloto automático? ver sin ver… ay. No me gusta pensarme como zombi.

Además, desde hace años también llevo las redes de mi empresa, El Taller ASC, y las propias de algún proyecto que gestiono.

Creo en el potencial que tienen las redes para difundir, todo lo que he creado en este blog se ha lanzado a través de ellas, ya que las he utilizado principalmente para contar la vida de «elcasopablo» ese animador de nariz roja ;O) pero creo que toca hacer un cambio.

No sé si será una «crisis de los 40», que el objetivo para el que las usaba ahora puedo hacerlo desde las redes de «El Taller», que me jode el algoritmo, o yo que sé. No tengo claro el próximo paso, después de todo esta entrada era una pensar «voz alta»

Eso si, pase lo que pase, este blog, seguirá.

Seguiré informando…