Tener vacaciones por un día y disfrutar, en cierta medida, del verano. Esto es lo que propone, a través de sus educadores y voluntarios, la Fundació Arrels, entidad que se dedica a la atención de personas sin hogar y en riesgo de exclusión social en Barcelona y que estos meses estivales ofrece a todos ellos una larga lista de actividades y excursiones. El pasado miércoles, el parque de atracciones del Tibidabo fue su destino.


Estas actividades, que se llevan a cabo desde hace dos años, surgieron como elemento sustitutivo de las costosas colonias que organizaba la fundación, debido la crisis económica actual. De 13.000 euros de los que disponían en el 2009, el presupuesto se ha visto reducido a 5.000. «No han bajado el número de donantes, pero sí las cantidades», apunta Joana Otero, educadora de Arrels. El cambio, sin embargo, no ha parecido molestar a los usuarios. «Para los que tenemos problemas estas actividades nos sientan estupendamente, es como si fueran una terapia», explica Manuel Garcés, de 53 años.
Tipos de usuarios
El perfil de usuarios es diverso, aunque la media de edad suele ser de 50 años. Muchos de ellos duermen en la calle, como Garcés. «Perdí la pareja, la casa, el trabajo y todo ello se mezcló con problemas con el alcohol, y ahora vivo en la calle hace más de dos años», explica. Otros, como Ángel Herreros, tienen alquilada una pequeña habitación o duermen en la Llar Pere Barnés, residencia de la fundación.
El pasado miércoles, después de reunirse el grupo en la avenida del Paral·lel, y ya en el recorrido de Catalunya a la avenida del Tibidabo con los ferrocarriles, la emoción era patente. «Por lo menos hace 17 años que no voy a este parque de atracciones», comentaba a sus compañeros Francisca Sáez (Marisol para los amigos), a la que la asociación, según ella, «la ha tratado mejor que ciertas personas cercanas».
Además, el viaje en sí hasta el destino, ese trayecto que habitualmente se intenta hacer pasar lo más rápido posible, para ellos es toda una experiencia. «Por eso, en vez de ir en autobús directo, hemos decidido ir en ferrocarril, en el Tramvia Blau y luego el funicular», aclaraba Otero. Cuando llegaban a este último, algunos se sorprendieron. «Yo pensaba que iba con un cable por el aire», comentaba uno, a caballo entre la decepción y el asombro. Y es que algunos lo habían confundido con un teleférico.
Al entrar en el parque, muchos de sus recuerdos de la infancia regresaron a su mente. «Me hace mucha ilusión, parece que vuelva al pasado», comentaba Garcés con cierta nostalgia. Esto les recordaba que no siempre se han encontrado en la situación actual. La sala de los espejos y el mítico avión rojo fueron sus primeras atracciones, de las que disfrutaron como niños.

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