La importancia o presencia de la persona educadora radica en su capacidad para transmitir a otras.

Nuestro papel es provocar y dirigir la actividad del educando teniendo en cuenta su proceso de maduración. Recurriremos a diversas estrategias para posibilitar dicho aprendizaje pero el que debe hacer el esfuerzo de aprender es el educando.

Necesitamos la ayuda de otra persona para descubrir las facetas de nuestra existencia.

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La actividad de toda persona educadora debe:

  • Mover a la acción (genere aprendizaje)
  • Ayudar al educando a desarrollar todas sus capacidades
  • Potenciar el desarrollo de la personalidad de cada individuo.
  • Procurar una adecuación y adaptación del sujeto al proceso de aprendizaje.
  • Provocar el proceso educativo
  • Dirigir y regular la actividad del educando.

Esto se sustenta en el principio de educabilidad, capacidad que posee toda persona para influir en otra.

Todas las personas poseen está cualidad por el mero hecho de ser humanas. La capacidad de aprender o educabilidad, plasticidad, conlleva la capacidad de recibir esas influencias por lo que debe existir algo o alguien que las transmita. Las circunstancias personales, contextuales, temporales de cada educando son las que condicionan la incidencia educativa de un agente, de una acción.

Todo sujeto, grupo, entorno o recursos que rodean a cada persona están influyendo en su desarrollo y gracias a ello logramos satisfacer las distintas necesidades que se nos planteas. Necesitamos que nos enseñen cuáles son los modelos de nuestra cultura, rasgos y pautas a partir de los cuales podremos interactuar. Sin esa ayuda no hablaríamos de progreso, de humanización.

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