El juego es una manera de aprendizaje de vida. Los niños/as juegan a simular los roles de los adultos, mientras que los adultos juegan para ensayar sus actitudes y emociones sin riesgo real. Así los juegos nos permiten cambiar de rol por unos instantes y poner a prueba los conocimientos y destrezas que tenemos.

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Jugar es una forma de experimentar. El ser humano se introduce en el juego, porque necesita explorar el entorno que le rodea y para descubrirse a sí mismo y a los demás. El juego exploratorio y espontáneo va dejando paso, con el tiempo, al juego reglado y a otros juegos más complejos. Poco a poco vamos cerrando barreras hasta que el adulto, solo participa en un juego, cuando este, tiene bien delimitados los parámetros de actividad, sus reglas, el fin y los logros. Sin darse cuenta va bloqueando muchas de las puertas de la sensibilidad, de la risa, del disfrute natural y de su poder evasivo.

Volver a abrir las puertas y ventanas de la conducta, es la función que deberemos desempeñar los que nos dedicamos a utilizar el Juego y la Creatividad como herramienta de crecimiento personal. Ayudar a la gente a re-descubrir la risa, el placer, la alegría… pero este hecho en sí mismo, es un gran reto que tenemos por delante y que debemos abordar con mucha sensibilidad e ilusión.

El juego libre, el verdadero Juego, el juego que deja espacio a la fantasía, a la imaginación, a lo sorprendente, es la principal herramienta para alcanzar la distracción y la desinhibición. Cuando alguien está jugando, se olvida de las preocupaciones, de las normas y actúa alegremente dejándose llevar por lo impredecible del propio juego.

El juego es la mejor herramienta que tenemos los humanos para conocernos, comunicarnos y desarrollarnos. En el juego solemos comportarnos tal como somos y nos permitimos actuaciones que probablemente reprimiríamos en la vida real. Esto hace que el juego sea un gran aliado del espíritu creativo, de la comunicación, del establecimiento de vínculos, del desahogo emocional y del establecimiento de unas buenas relaciones.

Oscar Wilde decía: “la vida es demasiado seria para ser llevada en serio”. Libertad, risa, humor, fantasía, creatividad, deseo, imaginación, participación, bienestar, son palabras que expresan las personas después de haber experimentado una situación lúdica.

Pero a pesar de que todos hemos experimentado las sensaciones positivas que nos aportan los juegos, pocos somos los que nos atrevemos a tomar la vida como un juego, actitud que nos permitiría afrontar la vida desde el optimismo, la creatividad, el disfrute y como antídoto para no sufrir tanto.

El juego nos ofrece la posibilidad de recrear nuestra vida y experimentarla desde una óptica más positiva, reactivar nuestra actitud optimista, poder afrontar con mayor creatividad y valentía los contratiempos y sobre todo aprender nuevas formas de hacer y de actuar.

Para que una experiencia lúdica nos permita desarrollar nuestras capacidades, es necesario que nos haga concientes de la nueva forma de interpretar la realidad y sobre todo de la actitud que nos despierta.

Cuando jugamos, aparecen en nosotros capacidades que en la vida diaria, parecen estar aletargadas o escondidas. El deseo de divertirnos, hace que se minimice el sentimiento de riesgo y ponemos en marcha todas nuestras capacidades, físicas y psíquicas y que las actuemos de una forma inconsciente. Podemos aceptar cualquier situación que se nos presente y actuar de forma automática, sin barreras ni miedos que coarten nuestra capacidad.

Para conseguir el máximo provecho de los juegos, tenemos que hacerlo de una forma natural, sin complejos ni vergüenzas, de una forma desinhibida, como lo hacen los niños, procurando mostrarnos tal cual somos en la vida normal. Si logramos experimentarlos de este modo, el traspaso de lo aprendido a la vida real, será sorprendentemente fácil y natural.

Pero no a todas las personas les resulta igual de sencillo dejarse ir cuando juegan, muchas, siguen actuando “como si” estuvieran en el trabajo, en una negociación o les fuera la vida en ello. Con lo cual siguen utilizando sus máscaras, y poniendo en marcha mecanismos de defensa y barreras de separación, que limitan el aprendizaje y mantienen vigente su sistema de creencias. Esta posición cómoda y negativa ante el juego, limita nuestra posibilidad de experimentar y no nos involucra más allá de lo que ya conocemos y solo nos arriesgamos con lo que sabemos que podemos controlar, impidiendo que podamos ampliar nuestras capacidades y nuestras experiencias.

Para que el juego sea provechoso, debe sacarnos de nuestra zona de confort, ha de hacernos sentir que nos arriesgamos, ha de permitir que sintamos la pérdida del control y que debamos afrontar nuestros miedos y debilidades, para poner en marcha nuestra creatividad, nuestra sensibilidad, hacer aflorar nuestras emociones y abrir nuevas posibilidades de actuación. Cuando notamos que un juego nos atrapa, nos hace vibrar, nos desconcierta, y nos exige modos distintos de reaccionar, es cuando realmente nos ha sido útil.

El aprendizaje de nuevos conceptos y nuevas actitudes, resulta vacío si no se puede aplicar a la realidad inmediata de nuestra vida cotidiana. Cuántas veces pensamos: “¡Qué interesante! ¿Para qué me sirve?” 

El aprendizaje a través de juegos permite:

  • En el PRESENTE: El estado de ánimo durante el aprendizaje es el óptimo: alegría, confianza y deseos de compartir experiencias

 

  • En el PASADO: En la reflexión de cada juego que se realiza, se analizan anécdotas similares que han ocurrido. ¿En qué se parece esto a la realidad? ¿Qué podría haber hecho en ese caso? ¿Cómo solía reaccionas ante eta situación?

 

  • En el FUTURO: Los conceptos y las actitudes a aprender se extraen de lo vivenciado y se aplicarán en situaciones similares. ¿Cómo puedo reaccionar la próxima vez que esto suceda? ¿Cómo puedo afrontar eta situación u otras parecidas?
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