Hay algo bastante curioso en dedicarse a la Animación Sociocultural. Puedes llevar media vida trabajando en ello, haber pasado por colegios, asociaciones, centros juveniles, proyectos comunitarios, administraciones públicas y unas cuantas salas de formación, y seguir teniendo que explicar a qué te dedicas exactamente. Y lo peor es que, dependiendo del día, de quién te pregunte o de las ganas que tengas de meterte en semejante jardín, probablemente termines dando una explicación diferente. A veces somos educadores, otras dinamizadores, otras monitores, otras gestores culturales y, cuando la conversación empieza a complicarse, siempre podemos recurrir a eso de que «trabajamos con grupos y comunidades», aunque tampoco es que aclare demasiado las cosas.
Y aquí estamos, tantos años después, todavía intentando explicar qué demonios es la Animación Sociocultural. Lo curioso es que, mientras seguimos discutiendo sobre definiciones, funciones, competencias y perfiles profesionales, continuamos haciendo cosas, muchas cosas, algunas estupendas y otras que probablemente no tengan demasiado que ver con aquello que decimos defender.
Todo esto viene a cuento de que he tenido la oportunidad de participar como ponente invitado en el III Congreso de Animación Sociocultural de la República Dominicana, organizado por el Ministerio de Cultura del país. Una experiencia que me ha llevado hasta Santo Domingo para pasar tres días hablando, escuchando, compartiendo experiencias y descubriendo otras maneras de entender una profesión que, después de tantos años, continúa despertándome interés, entusiasmo y unas cuantas contradicciones. Porque una de las cosas que más agradezco de estos encuentros es que te obligan a salir de tu propia realidad, a dejar de pensar que las cosas funcionan igual en todas partes y, sobre todo, a revisar algunas de esas certezas profesionales que vamos acumulando casi sin darnos cuenta.
Mi conferencia llevaba por título «La práctica de la Animación Sociocultural: experiencias y desafíos contemporáneos». Un título suficientemente serio como para aparecer en el programa de un congreso internacional, aunque lo que pretendía contar era bastante menos solemne. Quería hablar de cómo entiendo la Animación Sociocultural después de años trabajando en ella, de algunas experiencias que me han permitido construir esa manera de intervenir y, especialmente, de las preguntas que creo que deberíamos hacernos quienes nos dedicamos a esto. Porque tengo la sensación de que hemos aprendido a describir muy bien lo que hacemos, pero no siempre dedicamos el mismo esfuerzo a preguntarnos por qué lo hacemos, para quién lo hacemos o qué consecuencias tiene.

Animar no es entretener, aunque tampoco pasa nada por divertirse
Una de las primeras cuestiones que quise plantear fue precisamente esa confusión que acompaña a la Animación Sociocultural desde hace décadas. Seguimos asociando la palabra animación con entretener, divertir, organizar actividades o conseguir que un grupo de personas no se aburra demasiado. Y tampoco voy a ponerme exquisito, porque me dedico a esto y sé perfectamente que muchas veces utilizamos juegos, dinámicas, talleres, fiestas, actividades culturales y propuestas recreativas. Es más, algunas de las experiencias profesionales que recuerdo con mayor cariño tienen bastante más de juego que de grandes discursos sobre transformación social. El problema no está en las herramientas que utilizamos, sino en confundirlas con nuestra finalidad.
Porque organizar actividades no significa necesariamente hacer Animación Sociocultural, del mismo modo que utilizar una dinámica participativa no convierte automáticamente una intervención en participativa. Podemos preparar un taller maravilloso, conseguir que todo el mundo se lo pase estupendamente, terminar con una fotografía estupenda para Instagram y rellenar después una memoria hablando de cohesión grupal, empoderamiento y transformación comunitaria. Pero quizá, si somos mínimamente rigurosos, deberíamos preguntarnos si realmente ha ocurrido algo de todo eso o si simplemente hemos pasado una tarde agradable. Que tampoco estaría mal, por cierto, siempre que no pretendamos venderlo como si hubiésemos cambiado la estructura social del barrio.
Durante la conferencia insistí bastante en una idea que considero fundamental: la actividad es el medio, pero el proceso es lo importante. Y creo que aquí tenemos uno de nuestros grandes retos profesionales, porque nos hemos acostumbrado a trabajar con calendarios llenos, programaciones interminables y la necesidad permanente de demostrar que estamos haciendo cosas. A veces parece que un proyecto funciona mejor cuanto mayor es el número de actividades que consigue organizar, independientemente de lo que suceda con las personas que participan en ellas. Nos preocupamos por la asistencia, por las fotografías, por los cuestionarios de satisfacción y por completar los indicadores que habíamos prometido, pero no siempre encontramos tiempo para observar qué está ocurriendo realmente dentro del grupo.
Y no se trata de despreciar las actividades ni de exigir que cada taller tenga que provocar una revolución. Se trata, sencillamente, de recuperar la intencionalidad educativa y comunitaria de nuestro trabajo. Antes de decidir qué dinámica vamos a utilizar, quizá deberíamos preguntarnos qué queremos activar con ella. ¿Queremos que las personas se conozcan, que establezcan vínculos, que descubran capacidades, que aprendan a organizarse, que participen en una decisión o que se impliquen en su entorno? Porque dependiendo de lo que pretendamos conseguir, tendremos que diseñar propuestas diferentes. Y porque, por mucho que nos guste una actividad y por estupendamente que nos haya funcionado en veinte ocasiones, puede que en la vigesimoprimera no tenga absolutamente ningún sentido.
La participación, esa palabra que nos encanta utilizar
Otra de las cuestiones que ocupó buena parte de mi intervención fue la participación. Y reconozco que es un tema con el que me estoy volviendo especialmente pesado, quizá porque cuanto más trabajo en procesos participativos, más cuenta me doy de la facilidad con la que utilizamos el concepto y de lo complicado que resulta llevarlo a la práctica con cierta coherencia.
Hoy prácticamente todo es participativo. Tenemos jornadas participativas, talleres participativos, encuentros participativos, reuniones participativas y proyectos participativos en los que, en ocasiones, las personas participantes tienen aproximadamente la misma capacidad de decisión que las sillas sobre las que están sentadas. Hemos conseguido que la participación se convierta en una especie de adjetivo imprescindible para cualquier iniciativa social, cultural o educativa, aunque eso no signifique necesariamente que estemos dispuestos a compartir el poder de decidir.
Durante la conferencia planteé una pregunta que me parece bastante más incómoda que cualquier definición teórica: ¿qué parte de nuestros proyectos estamos realmente dispuestos a dejar que decidan las personas? Porque una cosa es preguntar qué les gustaría hacer y otra bastante diferente es permitir que intervengan en la definición de los objetivos, en la organización de las actividades, en la utilización de los recursos o en la evaluación de los resultados. Y no siempre podemos dejar que todo se decida colectivamente, por supuesto. Existen límites económicos, legales, organizativos e institucionales que debemos reconocer. Pero precisamente por eso me parece fundamental ser claros sobre qué cuestiones pueden decidirse, cuáles no y por qué.
Hace tiempo que tengo la sensación de que, en demasiadas ocasiones, diseñamos proyectos para las personas cuando deberíamos intentar construirlos con ellas. Y esta diferencia, que parece una tontería lingüística, cambia bastante nuestra manera de trabajar. Significa aceptar que los grupos tienen intereses, conocimientos, ritmos y capacidades propias; que no siempre van a querer lo que nosotros habíamos previsto y que, a veces, nuestra función profesional consiste precisamente en apartarnos un poco para dejar que otras personas asuman el protagonismo.
Desde esta perspectiva compartí cinco verbos que resumen bastante bien mi manera de entender la intervención sociocultural: escuchar, conectar, participar, acompañar y evaluar. Escuchar antes de diseñar, porque resulta bastante absurdo pretender intervenir sobre una realidad que desconocemos. Conectar personas, recursos y oportunidades, porque muchas veces no necesitamos inventar nuevos proyectos, sino favorecer encuentros entre iniciativas que ya existen. Participar, entendiendo que eso implica capacidad de decisión y no únicamente presencia. Acompañar sin sustituir, algo especialmente complicado cuando tenemos la tentación de resolverlo todo nosotros mismos. Y evaluar, no solo para justificar lo que hemos hecho, sino para aprender de nuestros errores y modificar aquello que no está funcionando.
Porque, por mucho que nos cueste reconocerlo, también nos equivocamos. Hay actividades que no funcionan, grupos con los que no conseguimos conectar, proyectos que terminan teniendo menos sentido del que imaginábamos y procesos que no producen los resultados esperados. Y quizá uno de los aprendizajes más importantes de la experiencia profesional sea asumir que no existe una dinámica universal, que las personas no son piezas intercambiables y que tener una programación perfectamente diseñada no significa necesariamente estar preparado para lo que va a ocurrir.
De las grandes palabras a las pequeñas cosas
Una parte de la conferencia estuvo dedicada a compartir experiencias profesionales vinculadas a la juventud, el ocio educativo y la formación. Proyectos de corresponsales juveniles, actividades comunitarias, propuestas de convivencia, experiencias educativas y diferentes iniciativas en las que el juego, la cultura y la participación han servido como herramientas para trabajar con personas y grupos.
Y mientras preparaba esa parte de la intervención me di cuenta, una vez más, de que muchas de las experiencias que considero más valiosas no son necesariamente las más espectaculares. A veces recordamos una actividad porque salió especialmente bien, porque conseguimos reunir a muchísimas personas o porque tuvo una repercusión considerable. Pero hay otros momentos bastante menos llamativos que, probablemente, tienen una importancia mucho mayor para quienes los viven. El día en que una persona se atreve a hablar delante de un grupo, cuando unos jóvenes deciden organizar algo por iniciativa propia, cuando alguien descubre que puede asumir una responsabilidad que nunca se había planteado o cuando un grupo comienza a funcionar sin necesitar que estemos permanentemente indicándole qué tiene que hacer.
Son cosas pequeñas, sí. Tan pequeñas que muchas veces ni siquiera aparecen en las memorias de los proyectos, porque no resultan especialmente fáciles de convertir en porcentajes o indicadores. Pero creo que una parte importante de nuestro trabajo se encuentra precisamente ahí, en esos cambios cotidianos que no siempre tienen una fotografía que los acompañe y que, sin embargo, pueden abrir posibilidades nuevas para las personas.
Quizá por eso sigo defendiendo que la Animación Sociocultural debería preocuparse más por activar capacidades que por fabricar dependencia. Porque nuestro trabajo no consiste en convertirnos en imprescindibles para que las cosas sucedan, sino en contribuir a que otras personas puedan ponerlas en marcha. Y esto tiene algo de paradójico, porque probablemente uno de los mejores resultados profesionales que podemos conseguir sea que, llegado un momento, un grupo ya no nos necesite de la misma manera.
No deja de resultar curioso que hablemos tanto de autonomía y empoderamiento mientras, en ocasiones, construimos proyectos que únicamente funcionan porque hay una persona profesional organizándolo absolutamente todo. Quizá deberíamos revisar también esa contradicción.
Los desafíos de una profesión que sigue intentando encontrar su sitio
Además de compartir experiencias, quería aprovechar el encuentro para hablar de algunos desafíos que considero especialmente importantes para el presente y el futuro de la Animación Sociocultural. El primero, como ya he comentado, tiene que ver con superar esa participación de escaparate que utilizamos con demasiada facilidad. Necesitamos construir procesos donde las aportaciones de las personas tengan consecuencias visibles, donde existan mecanismos para devolver resultados y donde participar no termine convirtiéndose en una experiencia frustrante porque, después de pedir opinión, nadie vuelve a explicar qué ha sucedido con ella.
Otro desafío tiene que ver con la digitalización y la inteligencia artificial. Vivimos un momento en el que aparecen herramientas nuevas constantemente y en el que resulta tentador pensar que todo puede mejorarse incorporando tecnología. Y, evidentemente, las posibilidades son enormes. Podemos generar materiales, facilitar procesos creativos, mejorar la comunicación, acceder a información y diseñar recursos que hace unos años nos habrían parecido imposibles. Pero conviene no perder de vista que ninguna herramienta sustituye por sí misma el vínculo educativo, la escucha o la presencia comunitaria. Podemos tener la mejor plataforma del mundo y seguir sin conocer las necesidades de las personas con las que trabajamos. Y también podemos organizar un proceso extraordinariamente valioso con unas cuantas sillas, una mesa y la disposición de escucharnos.
La inclusión fue otro de los aspectos que quise destacar. Porque también aquí tenemos cierta tendencia a confundir conceptos y a dar por conseguido algo que quizá no lo esté tanto. Que una actividad esté abierta a todo el mundo no significa necesariamente que todas las personas puedan participar en igualdad de condiciones. Existen barreras físicas, comunicativas, económicas, sociales y actitudinales que pueden impedir que alguien forme parte de un proceso, incluso aunque formalmente tenga permitido asistir. Por eso defendí que incluir no es únicamente permitir estar, sino garantizar posibilidades reales de participar y decidir. Y que la diversidad debería estar presente desde el momento en que diseñamos una intervención, no aparecer como un problema que intentamos resolver cuando descubrimos que nuestra propuesta no sirve para determinadas personas.
Y, finalmente, quise hablar de algo que me parece especialmente importante y que probablemente no reivindicamos con la suficiente contundencia: las condiciones laborales de quienes nos dedicamos a la Animación Sociocultural. Porque hemos construido una profesión muy vinculada al compromiso, a la vocación, a la implicación personal y a las ganas de hacer cosas. Y todo eso está muy bien, hasta que termina utilizándose como argumento para normalizar la precariedad.
Tengo la sensación de que en nuestro sector hemos romantizado demasiado aquello de trabajar por vocación. Parece que, como nos gusta lo que hacemos, tenemos que estar permanentemente disponibles, aceptar determinadas condiciones o asumir que los proyectos salgan adelante gracias a esfuerzos personales que superan ampliamente nuestras responsabilidades profesionales. Y no, la vocación no debería servir para justificarlo todo. Necesitamos personas comprometidas, pero también profesionales reconocidos, condiciones laborales dignas, equipos suficientes, recursos adecuados y posibilidades de desarrollo profesional. Porque no tiene demasiado sentido defender la transformación social mientras normalizamos situaciones laborales que contradicen buena parte de los valores que decimos promover.
La calidad de la intervención no depende únicamente de la creatividad de quienes trabajan en ella. También depende de que existan condiciones para planificar, coordinar, evaluar, formarse y descansar. Y de que los proyectos no tengan que sostenerse eternamente sobre dos o tres personas que terminan convirtiéndose en imprescindibles porque nadie ha previsto cómo garantizar su continuidad.
Cruzar el Atlántico para seguir hablando de lo mismo, pero de otra manera
Una de las cosas más interesantes de participar en este Congreso ha sido descubrir otras realidades profesionales y comunitarias. Porque, aunque compartamos conceptos, metodologías e incluso determinadas preocupaciones, los contextos son diferentes y sería bastante ingenuo pensar que la Animación Sociocultural se desarrolla del mismo modo en todas partes.
Durante estos tres días he tenido la oportunidad de escuchar experiencias, intercambiar impresiones y conocer diferentes perspectivas sobre el papel que puede desempeñar la Animación Sociocultural en República Dominicana. También he podido participar en una mesa de trabajo vinculada al desarrollo de las políticas culturales del país, algo que me parece especialmente significativo porque pone sobre la mesa una cuestión que no siempre tenemos suficientemente presente: la necesidad de que nuestra profesión no se limite a ejecutar actividades, sino que también participe en el diseño de las políticas públicas que afectan a las comunidades.
Me ha resultado especialmente interesante compartir reflexiones sobre la formación y el reconocimiento profesional de quienes se dedican a este ámbito. En España contamos con diferentes itinerarios formativos, desde la Formación Profesional de Animación Sociocultural y Turística hasta el Grado en Educación Social, pasando por las escuelas de animación y tiempo libre y sus diferentes titulaciones. Pero tener un recorrido formativo más estructurado no significa que hayamos resuelto todos nuestros problemas. Seguimos teniendo dificultades de reconocimiento, confusiones entre perfiles profesionales, diferencias importantes en las condiciones laborales y una tendencia bastante preocupante a reducir nuestra intervención a la organización de actividades.
Y quizá precisamente por eso el intercambio entre países resulte tan enriquecedor. Porque podemos compartir experiencias, conocer marcos formativos, analizar modelos organizativos y aprender de los errores que ya hemos cometido en otros lugares. Pero sin caer en la tentación de pensar que existe una única manera correcta de desarrollar la Animación Sociocultural. Sería bastante contradictorio defender durante una hora la importancia de escuchar a las comunidades y terminar proponiendo que un país reproduzca exactamente el modelo de otro sin tener en cuenta su realidad social, cultural y comunitaria.
En este sentido, me parece que República Dominicana tiene por delante una oportunidad interesante para seguir fortaleciendo la formación, la profesionalización y el desarrollo de la Animación Sociocultural, aprovechando su propia trayectoria cultural y comunitaria. Y me alegra haber podido compartir algunas ideas que puedan contribuir, aunque sea modestamente, a ese proceso.
Y después de todo esto, seguimos animando
Hay algo que me gusta especialmente de estos encuentros y es que, por muchas conferencias, mesas de trabajo, documentos y reflexiones que compartamos, al final siempre terminamos regresando a las mismas cuestiones: las personas, las relaciones, los grupos y las posibilidades de hacer cosas colectivamente. Quizá porque, por mucho que intentemos sofisticar nuestra profesión, buena parte de su sentido sigue encontrándose en algo tan aparentemente sencillo como favorecer que las personas se encuentren, participen y descubran que tienen capacidad para transformar alguna parte de su realidad.
Durante la conferencia recuperé el origen de la palabra animar, vinculado a dar vida y poner en movimiento. Y me parece una buena manera de recordar qué estamos intentando hacer, más allá de las denominaciones profesionales, las programaciones o las metodologías que utilicemos. No se trata de dar vida a comunidades que supuestamente carecen de ella, porque las comunidades ya tienen historias, relaciones, saberes y capacidades propias. Se trata de contribuir a que esas capacidades puedan encontrarse, reconocerse y ponerse en movimiento cuando sea necesario.
Me vuelvo de República Dominicana agradecido por la oportunidad de haber participado en el Congreso y, especialmente, por las conversaciones y los aprendizajes compartidos durante estos días. Quiero agradecer al Ministerio de Cultura de la República Dominicana la invitación y, de manera particular, a Rafael Rosario del Rosario, por la confianza, la acogida y por haber hecho posible que pudiera participar en esta experiencia. También a todas las personas con las que he tenido la oportunidad de intercambiar ideas, compartir experiencias y descubrir otras maneras de mirar nuestra profesión.
Después de tantos años dedicándome a la Animación Sociocultural, sigo encontrando motivos para defenderla, disfrutarla y cuestionarla. Supongo que eso también forma parte de lo que significa trabajar en algo que tiene mucho más que ver con las personas y sus realidades que con aplicar recetas previamente establecidas.
Y si algo me llevo especialmente de estos días es la confirmación de que, independientemente del lugar del mundo en el que nos encontremos, seguimos compartiendo algunas preguntas importantes sobre nuestra práctica profesional. Quizá no necesitamos encontrar una definición definitiva de Animación Sociocultural que deje satisfecho a todo el mundo. Quizá necesitamos preocuparnos más por demostrar, con nuestro trabajo cotidiano, para qué sirve y qué posibilidades es capaz de generar.
Porque, al final, animar socioculturalmente no consiste en llenar la vida de las personas de actividades, sino en contribuir a que tengan más capacidad para decidir qué quieren hacer con ella y con su comunidad.
Y eso, aunque no siempre quepa en una programación, sigue pareciéndome una razón bastante buena para continuar dedicándome a esto.
Una grata experiencia haber compartido con los compañeros y compañeras de Dominicana ;O)
