Los chupitos de la risa, Los "Oxy Shots"

Los ‘oxy shots’, el chupito sin líquido, son el último grito en borracheras exprés en las zonas de fiesta para ingleses de Mallorca. Tienen hasta su propio grupo de facebook y se habla de ellos en todos los foros de internet.
Básicamente se trata de aspirar alcohol. El efecto que producen equivale a tomarse ‘cuatro copazos’ y su precio oscila entre los tres y 10 euros.
El cliente utiliza una boquilla como la de los etilómetros y aspira el combinado elegido. Hay de todo, principalmente sabores dulces que van desde en Vodka de fresa o caramelo, pasando por licores de frutas e incluso tequila y absenta. Es como fumar una cachimba, pero sus efectos se parecen más a los de una borrachera.
La publicidad clama sus virtudes, ‘embriaguez sin resaca’, sin embargo, sus efectos nocivos no están tan claros, aunque las autoridades alegan que su uso es legal.

Colocarse con gas de risa

En paralelo, el otro complemento a las ya míticas borracheras de los ingleses en esta zona turística de Mallorca y que ya ha creado tendencia en los bares londinenses es ‘colocarse’ con gas de la risa. Por unos tres euros el cliente recibe un globito con óxido nitroso.
El consumidor se ve inmediatamente embriagado por una sensación de mareo y euforia que da lugar a tímidas risistas, al principio, y acaba en sonoras carcajadas.
El óxido nitroso es utilizado por anestesistas por sus efectos euforizantes y analgésicos. No provoca pérdida de conciencia y se emplea habitualmente en cirugía junto con oxígeno y otros gases halogenados como complemento para realizar la intervención.
Su uso es completamente legal y los propios bares y discotecas lo ofrecen como un servicio más y si bien la policía está a alertada de su reciente uso, al no estar catalogada como sustancia prohibida su venta y consumo es libre.
Visto en: El Mundo.es

Los jóvenes españoles, los que menos riesgo ven en la cocaína

12/07/2011 06:23 /  / BRUSELAS

Los jóvenes españoles son, de todos los europeos de su edad, los que ven menos riesgos en las drogas y de los más permisivos con su uso. Según un Eurobarómetro publicado ayer por la Comisión Europea, la tasa de españoles entre 14 y 24 años que consideran muy peligroso el consumo esporádico de cocaína es 25 puntos menor que la media comunitaria. Además, hasta un 27% de ellos cree que su consumo puntual no entraña ningún riesgo. En cuanto al consumo habitual, nueve de cada diez jóvenes españoles sí lo creen muy peligroso.
La imagen se repite, con ligeras variaciones, con respecto a otras drogas, como el cannabis, que para un 61% de los jóvenes supone una amenaza «baja» o «nula» para la salud. La percepción del riesgo guarda relación con la disponibilidad de la droga, ya que, junto a Dinamarca e Italia, España es el país donde más fácil es acceder a este tipo de sustancias, según los encuestados. En cuanto a la cocaína y el éxtasis, en España es donde más fácil le resulta a los encuestados acceder a su distribución, al igual que al cannabis, donde sólo es superado por Italia.

El auge de lo sintético

En la presentación de los datos, la comisaria Viviane Reding, a cargo de la cartera de Justicia, señaló su intención de poner en marcha «medidas más estrictas para afrontar la creciente comercialización de nuevas drogas sintéticas». Estas se venden generalmente por internet y de manera legal, pero tienen efectos tan nocivos como las prohibidas.
La Comisión Europea anunció propuestas concretas sobre este asunto para el próximo otoño, entre las que estarían «alternativas a las sanciones penales, nuevas formas de control» y una mayor participación de las autoridades de seguridad alimentaria en su detección, según un comunicado. En cuanto a su uso, el 95% de los jóvenes españoles aseguran no haber consumido ninguna de estas sustancias, una cifra similar al promedio europeo.
Sólo el año pasado, en la Unión Europea se identificaron 41 de estas sustancias sintéticas, más populares en Reino Unido, Irlanda y los países nórdicos que en el sur de Europa. Según el Ejecutivo comunitario, «las nuevas sustancias psicoactivas están esparciéndose a un ritmo sin precedentes». Entre las más populares se encuentran derivados sintéticos de drogas de diseño. Viviane Reding pidió, además, a los 27 países miembros de la UE que apuesten por la lucha sin cuartel compartiendo información a nivel comunitario para una rápida detección y combate global.

Hª de las drogas en España: Época de libertad farmacológica (hasta 1918)

Prácticamente todas las sustancias conceptuadas en la actualidad como drogas ilegales, hasta 1918, fueron consideradas como cualquier otro fármaco. Eran de productos de venta libre, y su empleo estaba generalizado en todos los estratos sociales con fines terapéuticos convencionales. De hecho, se vendían no sólo en boticas, droguerías y herboristerías, sino también en comercios de especias, abacerías, coloniales y ultramarinos.
La legislación en materia de salud pública no se planteaba, ni de lejos, restringir su consumo, sino únicamente perseguir los posibles fraudes y negligencias en su comercialización, así como delimitar las competencias entre los distintos colectivos de profesionales autorizados para su importación, producción, elaboración y venta, a saber: farmacéuticos, drogueros (dos gremios que, compartiendo intereses, coexistieron enfrentados en dura pugna hasta la II República) y, en menor medida, herbolarios.
Existía, no obstante, una prohibición que afectaba no sólo a las sustancias consideradas hoy drogas ilegales, sino a todos los fármacos sin excepción: el veto de ser objetos de publicidad en medios profanos, es decir, no especializados. Sin embargo, casi toda la prensa de la época incumplía sistemáticamente este precepto, convirtiéndose en su principal soporte publicitario (hasta la Gaceta de Madrid —predecesora del Boletín Oficial del Estado— llegó a hacer propaganda, entre otras especialidades farmacéuticas, de las afamadas Pastillas Bonald: con cocaína, heroína, codeína).
Por lo demás, la información farmacológica sobre el empleo terapéutico de drogas en periódicos y revistas de medicina, farmacia y veterinaria era muy completa y exhaustiva.
Se daban casos puntuales de abuso (como por ejemplo, el del pintor y escritor catalán Santiago Rusiñol, quien en 1899 ya tuvo que someterse a un tratamiento de desmorfinización), especialmente en ambientes decadentes y bohemios, pero no comportaban ningún tipo de problemática social.
El empleo de drogas apenas despertaba la atención de los medios de comunicación de la época. Excepcionalmente, la prensa española se refería al problema que representaba el opio en países como Francia e Inglaterra, como algo exótico, importado de sus colonias de ultramar; pero la mayoría de las veces, las drogas tan sólo constituían un pretexto o motivo para la publicación de chistes, chanzas y demás comentarios satírico-burlescos. En consecuencia, no se detectaba ningún signo de alarma relacionado con el uso de drogas en el seno de la sociedad española del momento.
En cambio, sí se registró una intensa cruzada antialcohólica, promovida por la Liga Antialcohólica Española (fundada en 1911) y su principal órgano de difusión, el periódico El Abstemio (con una tirada de 10.000 ejemplares). Cabe decir, no obstante que, a diferencia de lo ocurrido en EE.UU. y otros países, los temperantes españoles no consiguieron elevar sus pretensiones de abstinencia total a rango de ley.
Aparte del alcoholismo, otras dos «lacras sociales» preocupaban y excitaban los ánimos de los sectores católicos más intransigentes: la difusión de publicaciones e imágenes consideradas «obscenas» y la blasfemia. Tras activas campañas en contra, las autoridades gubernativas decretaron su prohibición, si bien no consiguieron su erradicación.
La neutralidad observada por el Gobierno español ante la I Guerra Mundial determinó que muchas personas buscaran refugio en España, principalmente en Barcelona, y vinculado a este aluvión demográfico comenzó a extenderse el consumo de drogas al margen de usos terapéuticos convencionales. Tanto es así que, a finales de 1917, el diario republicano El Diluvio desató una activa campaña de prensa contra «los envenenadores públicos», denunciando «la impunidad» con que en la Ciudad Condal se vendía opio, morfina, cocaína y otras drogas, «hasta a los niños». Se decía que sólo en Barcelona había alrededor de seis mil quinientos cocainómanos (entre los que se contaban banqueros, militares, periodistas, funcionarios, socios del Liceo, capitanes de barco, señoritas de la aristocracia, clérigos, dos concejales y algún diputado provincial). Se pudo comprobar, en este sentido, que la fuente de abastecimiento eran «siete u ocho farmacias», dándose la circunstancia de que más de un farmacéutico «vivía sólo de la venta de venenos». El escándalo, difícilmente contenido, determinó que las autoridades gubernativas se plantearan por primera vez controlar y restringir el uso de drogas en España.