Esta entrada nace de un par de momentos vividos este año: El primero, una discusión con un alumno de un taller de habilidades sociales que a sus 48 años afirmaba que la formación era una chorrada y que él «no se había equivocado nunca» (ole sus kinder...) Mi primera reacción fue pensar que la pregunta estaba mal planteada. El segundo una discusión muy cordial con un chaval de 17 años sobre sus ideas de extrema derecha, rozando la ilegalidad.
Obviamente, ante semejantes joyas, lo primero que se te (me) viene a la cabeza es un «estás equivocado» y comienzas a armar un discurso para replicar. Pero ¿con qué objetivo? ¿Convencer? ¿Demostrar el error? ¿Educar?
Para mi, el objetivo no debería ser desmontar unas ideas para sustituirlas por las mías. Eso, en el fondo, es hacer exactamente lo mismo que hacen quienes intentan convencerte de que solo existe una forma correcta de entender el mundo. Lo verdaderamente importante es otra cosa. Enseñar a la peña a pensar.
Cada vez estoy más convencido de que la educación no consiste en llenar cabezas de respuestas, sino en vaciarlas de verades (las absolutas, principalmente) Vivimos rodeados de personas que tienen una opinión firme sobre absolutamente todo. Da igual si hablan de política, de educación, de vacunas, de inmigración, del cambio climático o de la receta de la tortilla de patata. Todo el mundo parece tener una respuesta inmediata. Y, por supuesto, la correcta.ç
Las redes sociales no ayudan (vale que últimamente estoy yo maniático con esto. ej. 1 y ej. 2) No premian a quien duda. Premian a quien afirma. No premian la complejidad. Premian el titular. No premian los matices. Premian el enfrentamiento. Y así acabamos creyendo que el mundo se divide entre buenos y malos, entre los que tienen razón y los que están completamente equivocados.

Qué descanso sería que la realidad fuera tan sencilla. El problema es que no lo es. Las ideologías extremistas funcionan porque ofrecen algo que todos buscamos alguna vez: certezas. Te dicen quién tiene la culpa, quién es el enemigo y cuál es la solución. No hace falta pensar demasiado. Solo elegir un bando. Es cómodo, aunque peligrosamente básico. No porque quien cae en esos discursos sea tonto. Al contrario. Nadie es inmune a los mensajes que apelan al miedo, a la identidad o a la necesidad de pertenecer a un grupo. Todos somos vulnerables cuando alguien nos ofrece explicaciones fáciles para problemas difíciles.
Por eso creo que la mejor herramienta contra cualquier fanatismo no es un discurso mejor. Es una buena pregunta:
- ¿Quién dice eso?
- ¿Cómo lo sabe?
- ¿Qué pruebas aporta?
- ¿Qué fuentes utiliza?
- ¿Qué intereses puede tener?
- ¿Qué tendría que pasar para que cambiara de opinión?
Son preguntas mucho menos espectaculares que un discurso épico. No se hacen virales. No consiguen miles de «me gusta». Pero tienen una virtud maravillosa: obligan a pensar. Y pensar cansa. Mucho más que repetir.
Como persona que cree en la educación, me preocupa menos que un adolescente tenga una idea equivocada que el hecho de que no sepa cómo comprobar si lo está: Porque hoy será una ideología extremista; mañana será una estafa; pasado mañana un gurú financiero…. Y dentro de unos años alguien que le prometa soluciones mágicas para problemas que llevan siglos siendo complejos.
El pensamiento crítico no consiste en desconfiar de todo. Consiste en no regalar la confianza. En aprender a distinguir una evidencia de una opinión. Un dato de un eslogan. Una investigación de un vídeo de treinta segundos.
También implica aceptar algo incómodo: que nosotros mismos podemos equivocarnos. Y eso cuesta. Nos encanta hablar de libertad de pensamiento, pero pocas veces hablamos de la libertad de cambiar de opinión. Parece que rectificar está mal visto. Como si reconocer un error nos hiciera más pequeños.
A mí me encanta ver a personas que son capaces de decir: «No lo sabía», «Me he equivocado» o «Déjame pensarlo mejor».
Quizá la educación del futuro no necesite tanto enseñar respuestas como enseñar a formular mejores preguntas. Porque quien aprende a pensar por sí mismo es mucho más difícil de manipular:
- Por un político.
- Por un influencer.
- Por un algoritmo.
- O incluso por alguien que escribe un artículo como este.
Y, si después de leerlo, has sentido la tentación de darme la razón sin cuestionar nada de lo que he escrito, quizá deberías releer la entrada
¿Por qué debería creer a este de «elcasopablo»? ;O)