Este artículo fué publicado en el diaro “El Comercio” el 10 de Noviembre del presente año, por  José Marcelino García.
En el habla sobre los gitanos que comercian todos los domingos en “El rastro”, mercado de Gijón que se celebra todos los domingos (desde primeras horas de la mañana hastas las 15 h) en los amplios estacionamientos y alrededores de el campo de fútbol de El Molinón, en el que prácticamente puedes encontrar de todo.

Con el pelo echado hacia atrás lleno de fijativos, piel renegra por los colores de la vida libre, alegre y peligrosa, voz bronca y a la vez templada por una fe de cristianos rumberos, filadélfícos y aleluyadores, ahí están, domingo tras domingo, los gitanos del Rastro cargados de gitanismo. Tienen todo su mundo en torno así: periódicos, botellas, libros, faroles, medallas, mapas, collares, relojes, fornituras, santos viejos., todo eso, picado, envilecido, incorrupto y renaciente, en venta.
Viejo pueblo zorro (más antiguo que España), enemigo de los alcabaleros, andariego y puro que enreda el trato con malicia hablando al revés, echando un montón de flores a lo que te quiere colocar mientras pasas despacio bajo este cielo del Rastro que desciende su borra en el invierno y se levanta alto de azulidad y aviones en el verano. «¿Y ese radio funciona?», pregunta uno al calé. Y él, usando un plural ládino y mayestático (un Nos papal), responde con estudiada inocencia: «No lo sabemos».
Gitanos carromateros de viento y pandereta, ahora en furgonetas llenas de abuelas jóvenes, de niños comiendo fruta, de mujeres con lencería de farala (vestidas siempre de julio y agosto). Gitanillas de un moreno antiguo con el cabello rubio alemán, de frasco, peinado por las ráfagas del viento. Todos trashumantes, a cuestas con sus quintales de trapo y hierro, que son su trigo y su pan.
Romántico escenario este del Rastro, donde todo aquí está al raso y al descampado: espejos que refractan retales de cielo y lo ponen al alcance de la mano, como a la venta; muebles antiguos de dormitorio (aquellos de muñeca y cuadro del Purgatorio), que parecen oler todavía a orinal de tísico; cosas y utensilios vagamente de plata gitana, desenterrados, dicen, de debajo de las ruinas de una iglesia abandonada en un camino viejo. ¡Ah los gitanos!, desenterradores de gallinas y tesoros, al rebusco siempre de la chatarra que cargan ahora en furgonetas de faros tuertos. Gitanos con su idioma y su vida como fuera del tiempo, y que uno recuerda junto sus verdes hogueras al borde de los caminos.
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