Entre profesional y usuario

La semana previa a los exámenes (eterno, cada vez menos, estudiante de Educación Social) siempre me da por ocuparme en un montón de cosas (como si tuviera poco con el curro) antes que ponerme a estudiar… hay cosas que no cambian ;O)

En esta convocatoria sigo igual, cuando me he puesto a mirar cosas para publicar me ha dado por pensar en algo que me favorece de cara a trabajar con personas, por resumirlo he acabado como profesional, pero bien pude ser usuario (bueno y seguro que todavía podría serlo). Esto me llevó a recordar un trabajo que se me pidió hacer para la asignatura de Prácticas Profesionales II, un análisis experiencial y de competencias vinculado al grado.

Aquí os comparto, solo la parte del análisis experiencial, justo después de una foto mía esperando en el barrio que me vio crecer.

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Soy animador sociocultural, de profesión y de vocación. Creo además que me convertido en ello, por ese orden, primero por estudios y luego por convicción. Antes de entrar en detalle, algo de contexto.

Tengo 37 años, nací en el seno de una familia obrera muy vinculada a la industria asturiana. Mi familia proviene del sector minero y naval por lo que la conciencia de clase, la implicación por el entorno, la preocupación por el empleo (y el sueldo) ha sido algo que ha marcado mi vida. En mi familia darse de alta en el Servicio Público de Empleo (o como se dice coloquialmente “el paro”) a los 16 y sacarse el carnet de conducir a los 18 eran de los pocos objetivos que tenía claros en mi vida. El primero para conseguir un empleo (algo que siempre ha preocupado en casa) el segundo para tener autonomía y libertad, algo que viene muy bien para trabajar. Supongo que cuando no sabes si vas a cobrar el mes que viene, como tantas veces ha ocurrido en mi familia, te vuelves un poco monotemático.

Desde los 3 hasta los 16 años estudié en un colegio concertado, algo que ha marcado mi carácter bastante, sobre todo cuando lo comparé con la educación pública, a la que defiendo por encima de todo. Entré en ella en primero de bachiller, en el instituto de mi barrio, para cursar la modalidad de humanidades. No tenía ningún objetivo más allá que “seguir estudiando” y tenía claro que las matemáticas y las ciencias no eran lo mío. Una decisión acertada. El cambió a este centro educativo vino acompañado de una libertad inmensa acompañada de la revolución hormonal de los 16 años. La combinación perfecta para ir más bien poco a clase y acabar repitiendo curso. Por la estúpida creencia de pensar que repetir es de “pringaos” llegué a plantearme dejar el bachiller y cursar un ciclo formativo de grado medio en “equipos electrónicos y de consumo”; idea que por suerte entre amistades y familias me quitaron de la cabeza. Lo que se empieza se acaba. Esta estupidez adolescente, hizo que se me pasara el plazo para volver a matricularme para repetir en el mismo instituto, así que tuve que preguntar en Consejería de Educación como podía enmendarlo. Me pidieron que escribiera una instancia en el que alegara que quería solicitar un plaza en período extraordinario, y por suerte la conseguí, en el otro instituto del barrio, el que peor fama tenía. Rumores. En este instituto fue dónde cursé realmente el bachiller. Si bien es cierto que entre mi segunda vez y primero y segundo de bachiller, asumí un empleo porque hacía falta dinero en casa, y me planteé aplazar volver a estudiar. Por suerte, el trabajo era de utillero para un equipo de baloncesto y mi poco amor por el deporte junto con recoger camisetas sudadas y rellenar neveras de agua, hicieron que acabar el segundo curso de bachiller era mejor.

Cursé segundo de manera bastante óptima, llegando a graduarme en mayo y aquí vino mi segundo momento de estupidez adolescente, esta vez motivada por no saber qué quería hacer. No sabia que estudiar si decidía hacer una carrera, de pequeño había dicho que quería ser maestro, pero creo que solo lo decía porque era la profesión que más había visto en mi vida. También tuve una época que dije que quería ser abogado, me gustan las series y películas policiacas y defender las causas imposibles parecía buena idea, pero no en serio. Tampoco tenía claro si mi familia hubiera podido pagar la carrera que yo escogiese. Así que con esa idea decidí que haría formación profesional de grado superior, para algo había sacado el bachiller, y como iba hacer eso, para qué iba a presentarme a la PAU (ya tengo una edad. Hoy en día sería la EBAU). Una tontería, no hubiera costado hacerla. En esta ocasión no escuché ni a mi tutor, amistades ni familia (recuerdo colgar malhumorado a mi hermano por teléfono cuando intentaba hacerme entrar en razón)

Llegó el momento de decidir qué ciclo formativo escoger, y me decanté por dos opciones. La primera era “imagen y sonido” en la ciudad vecina, Oviedo y la otra era “animación sociocultural” en mi ciudad, Gijón. Con mis antecedentes yendo poco a clase y que, para ir a Oviedo, tenía que coger el tren desde el apeadero de mi barrio, que estaba a unas 5 cafeterías de mi portal, pensé que quedarse en Gijón era una mejor opción. Además, animación sociocultural sonaba bien y además podría aportar algo a la asociación que junto con mi hermano había colaborado a fundar, Mar De Niebla. Mi hermano me había escogido para formar parte porque era joven, no por mi trayectoria (nula hasta aquel momento) ni por mi interés. Mi cometido solo era representar a la entidad en el consejo de la juventud. Entiéndase por representar, como ir a decir lo que se pactaba en la asociación previamente.

Así que decidido, me matriculé en animación sociocultural. La mejor decisión de mi vida. Aunque a años vista la formación que recibí no fue la mejor, si que adentrarme en el mundo de “lo social” me abrió un montón de posibilidades. Empecé a poner nombre a ideas que ya tenía, encontré un ámbito en el que me apetecía trabajar y quería probar con todos los proyectos, colectivos y entidades o empresas que se me pusieran por delante. Y así lo hice. Pluriemplearme y decir que, si a todas las propuestas que me hacían, han hecho de mi un animador todoterreno con una experiencia laboral muy prolífica. Por eso, como decía antes primero vinieron los estudios y luego la vocación. He tenido la suerte de no saber lo que es sellar la demanda de empleo por nunca he estado más de dos meses en situación de desempleo.

Supongo que ser un chaval (ahora paisano) de barrio obrero, con posibilidad de ser profesional o usuario, pendiendo de un hilo de haber abandonado los estudios, haberme asociado y tener esa preocupación o necesidad por el empleo, además de dar contexto a mi introducción me relaciona bastante con el área social que promueve el grado (Educación Social).


Supongo que este es el aprendizaje que me llevo para trabajar con personas, entender que esa linea que nos diferencia es muy muy fina. Que tengo la suerte de estar en el lado profesional, pero no dejo de ser «usuario» en otras muchas facetas de mi vida.

Vamos, al final, toda esta chapa para llegar al punto, de trata bien a las personas.

¿Qué hacemos cuando decimos que intervenimos?

Ya había hablado de intervención en otra entrada. En ella contaba algunas definiciones del concepto y los objetivos que tiene.

Le he releído hace poco para una formación que he impartido sobre intervención socioeducativa, y me ha apetecido completarla un poco ya que siempre que releo cosas que he compartido o bibliografía no puedo evitar hacerme preguntas (¿realmente esto pasa? ¿funciona? ¿lo definiría así?…) no porque cuestione lo que se teoriza (bueno en ocasiones, si) si no por buscar la mejor manera de contarlo.

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Dado el contenido de el taller que iba a impartir, la pregunta que más me repetía es la que da título a la entrada «¿Qué hacemos cuando decimos que intervenimos?»

La respuesta corta:

Cuando intervenimos, causamos impacto en las personas.

La respuesta algo matizada:

  • Movemos a la acción (generamos aprendizaje)
  • Ayudamos a las personas a desarrollar todas sus capacidades
  • Potenciamos el desarrollo de la personalidad de cada individuo.
  • Procuramos una adecuación y adaptación de la persona al espacio
  • Provocamos el proceso educativo
  • Dirigimos regulamos la actividad del educando.

Cabe mencionar que la respuesta matizada, está sacada de otra entrada que revisé para la formación. Una que habla del principio de educabilidad.

Lo que quería transmitir en la formación era la intencionalidad educativa que tienen (y deben tener) nuestras intervenciones con personas, que no confundamos el medio con el fin o la actividad con el objetivo. Que el papel y la teoría lo sostiene todo, pero en la práctica delante de las personas con las que trabajamos, tenemos que tenerlo más claro aún.

Ya he comentado otras veces que rehúyo mucho de lo académico, no porque no entienda el valor que tiene, pero si porque no me gustan los dogmas, que es en lo que suelen convertirse las teorías. Y quizá mi aversión no sea con las teorías si no con las personas que no las cuestionan o reflexionan sobre ellas.

No, quizá no, seguro que me repatea esa falta de pensamiento crítico ;O)

La Teoría de los tres círculos

En todo el proceso comunitario aparece básica la Teoría de los Tres Círculos que sistematiza, de manera concreta, el elemento de la participación. Este elemento puede ser resumido en que la participación no va relacionada con las personas, que pueden cambiar en el tiempo, sino con el proceso mismo. Es decir, la implicación de las personas a lo largo del tiempo va cambiando, pero este hecho no pone en peligro la continuidad del proceso.

Es una teoría que se deriva directamente de la práctica y de la realidad de las experiencias participativas y comunitarias y que puede ser explicada mediante los siguientes elementos:

Para que se inicie un proceso participativo, tiene que haber alguien que tome la iniciativa de ponerlo en marcha, de promoverlo. Este alguien – al que llamaremos Núcleo – tiene que garantizar la voluntad de llevar adelante la iniciativa y de asegurar el trabajo mínimo inicial para ponerla en marcha: Círculo nº 1 de los promotores de la iniciativa.

Sin embargo, por las características mismas de la iniciativa, el Núcleo tiene que dirigirse a mucha más gente, invitándola a participar. Frente a esta propuesta de participación sólo puede haber tres tipos de respuesta posibles:

a. Personas que comparten la iniciativa y la van a apoyar totalmente. De hecho, pueden formar parte del mismo Núcleo, es decir, del Círculo nº 1.

b. Personas que comparten la iniciativa pero que pueden participar en ella sólo de manera puntual, parcial, provisional, etc. (es decir, no de manera total). Todas estas personas van a formar parte del Círculo nº 2, es decir, el Círculo de las colaboraciones parciales. Si no hubiese Núcleo, su participación –puntual o parcial, etc.- no podría realizarse. Sin embargo, existiendo el Núcleo, su colaboración resulta muy importante, y de hecho permite el desarrollo del proceso.

c. Personas que no quieren o no pueden participar (los motivos no interesan). Constituyen el Círculo nº 3, al que llamaremos Círculo Informativo, ya que el Núcleo informará a estas personas durante todo el proceso, con la idea de que las situaciones cambian y personas, que han negado su participación en un momento inicial, pueden cambiar de opinión y pasar al Círculo nº 2 o, incluso, al mismo Núcleo.

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Naturalmente esto requiere que el Núcleo no se limite a una invitación e información iniciales, sino que las mantenga en el tiempo. En todo proceso participativo se puede participar en cualquier momento del mismo.

Todo esto nos hace comprender que:

Los tres círculos, en realidad son abiertos. Hay movimiento de entradas y salidas en ellos. Es decir: hay personas que empiezan en el Núcleo y luego, por diferentes motivos, pueden pasar al Círculo 2 o, incluso, al 3. Y viceversa.

El proceso necesita de un flujo informativo constante y con el mismo contenido para todo el mundo, para asegurar que los movimientos internos a los tres círculos no produzcan fallos en el proceso mismo, ya que personas escasamente informadas no podrían asegurar la correcta continuidad del proceso.

Esta teoría permite comprender que lo importante es la continuidad del proceso participativo, no la continuidad de las personas. Para ello hay que recordar que las situaciones –subjetivas y objetivas, internas y externas- cambian, y que este es un hecho natural, normal. Pero la metodología tiene que garantizar la continuidad del proceso más allá de las mismas personas. Incluso, desde un punto de vista de salud democrática, en general es bueno que haya un recambio de las personas, y que los cargos o papeles que cada uno puede cubrir en un determinado momento no se eternicen de manera vitalicia.

FUENTE: Fuster, J. B., & Romero, C. G. Hagamos de nuestro barrio un lugar habitable.