En principio vamos a analizar el término “animación”, el cual proviene del griego (“anima”) y el latín (“animus”):

  • Animus, cambio, ayuda, crecimiento. Sugiere acciones, implica movimiento, impulso, motivación, transformación, etc.
  • Anima, dar vida, soplo, aliento vital, accionar el pensamiento y la responsabilidad individual y grupal en la toma de decisiones.

Etimológicamente, la animación infunde vida, implica el “actuar sobre algo”, motiva para la acción, es un proceso relacional, es decir, “actuar en” una sociedad.



Ambas tendencias son imprescindibles para enfrentarse a los problemas socioculturales ya que tanto animus como anima son complementarias y comunes.

“Dar vida” implica la incitación a un colectivo a ser autónomo, a valerse por si mismo, a realizar actividades que les permitan el crecimiento como comunidad y que favorezca un sentimiento de pertenencia. Gracias a esto se puede analizar la realidad o realidades de dicho colectivo y evitar que caiga en la marginación.


“Actuar en” implica relación con el medio en el que se encuentra, ya que es necesario conocer el entorno (también la comunidad) para poder intervenir en el. El animador/a debe favorecer el conocimiento del entorno para que la persona sea capaz de actuar en él de forma activa para transformarlo.


Un animador/a tiene que dar vida, ser responsable y decidido/a para provocar un cambio en los colectivos y por lo tanto llegar a una transformación de la realidad realizada por los propios colectivos o ciudadanos.


El término animación apareció por primera vez en 1955 en el curso de una reunión organizada por la UNESCO en Austria, aunque el término animador ya fue utilizado en 1945 en Francia.
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