Un artículo publicado en elcomerciodigital.com el 21 de Febrero de 2011, sobre una institución que trabajar con enfermos de Alzhéimer a través de terapias, sin incluir ningún tipo de fármaco.
Victoria pasea con Angelita por las amplias estancias del Centro de Alzhéimer de Salamanca. Sonríen, saludan y besan a los cuidadores. A uno de ellos le cuenta lo bien que ha desayunado esa mañana en su casa. «¿Pero qué dices? ¡Si has desayunado aquí!», le replica Angelita. «De eso nada, tú qué sabrás», le responde un pelín enfadada Victoria. Entre ellas se entienden, se gastan bromas, riñen, van de la mano por los pasillos y comparten varios de los talleres de terapia.
No todos son tan dicharacheros en esa casa que consideran su hogar durante los meses que permanecen ingresados, no más de un año. Algunos residentes deambulan ensimismados, con la mente no se sabe dónde… Tal vez en blanco. Los hay que intentan cuadrar sencillos rompecabezas en el ordenador, juegan a diferenciar números y colores, o a contestar las preguntas del programa: qué día es hoy o si es de día o de noche. Cosas sencillas para mantener activa la memoria. Para aprender que el módulo donde duermen es verde, azul, amarillo o violeta y que en la puerta de su habitación hay dibujada una fruta que solo a él o a ella pertenecen.
María (nombre supuesto) es un caso especial. Ingresó en el centro hace dos años, con 46. Trabajaba de camarera en un hotel y se le fueron olvidando las tareas. La enfermedad avanzó con rapidez. No podía seguir las rutinas diarias, ni hacer la comida ni las labores de casa. Tuvo que dejar a sus dos hijos, de 16 y 21 años, al marido, de 48, y a su madre, de 71, que es quien ahora cuida de todos. María balbucea, no se le entiende. Tendrá que ingresar en una institución. «Pero las privadas son tan caras…», lamenta la trabajadora social Ana Mateos González, que habla del excesivo deterioro cognitivo que sufre María. «Se nota que es joven porque se fija en los collares, en los abalorios y pañuelos, pero a veces no reconoce a su familia», detalla.
El Centro de Referencia Estatal de Atención a Personas con Enfermedad de Alzhéimer y otras Demencias (CRE), dependiente del Imserso e inaugurado en 2008, arranca los elogios de los expertos internacionales que participan en diversos seminarios organizados para abordar la enfermedad y todas sus variantes: desde los resultados de las terapias a los progresos en arquitectura y diseño de interiores para dotar de funcionalidad a los centros de día que acogen a pacientes con demencia.
En el CRE no se habla de medicamentos porque el punto de partida en torno al que gira la razón de ser de esta institución y sus investigaciones se centra en la terapia no farmacológica, que incluye numerosas y novedosas fórmulas para mejorar la calidad de vida del paciente y ralentizar el avance de las fases de la enfermedad.
Comenzaron con talleres de musicoterapia, de danza y movimiento, con la incorporación de las nuevas tecnologías a través de de la witerapia, y siguieron con la reeducación psicomotriz donde se investiga cómo evoluciona la actividad física del paciente al aplicar estimulación en distintas partes del cuerpo. También trabajan con talleres de orientación, espacio y razonamiento, y con arteterapia. Hicieron una experiencia piloto con animales, pero las dificultades para introducir perros en las instalaciones les impidió continuar. El centro colabora con las universidades de Salamanca y con la Complutense, entre otras, y con el Instituto de Neurociencias de Castilla y León, ubicado en la capital del Tormes.
Construido en un lugar privilegiado, en el barrio de Vistahermosa, en sus 16.000 metros cuadrados acoge amplios corredores con paredes de cristal hacia el exterior que ofrecen una luminosidad envidiable y unos ventanales donde los enfermos lanzan la vista hacia un horizonte de recuerdos rotos, de identidades perdidas, de neuronas muertas que arrasan con la vida que llevaron y que les ha dejado indefensos, a solas con su desmemoria. En el CRE se les trata de forma individualizada. «No es una residencia de ancianos», aclara la directora Isabel González Ingelmo. Porque allí se les da una «adecuada estimulación cognitiva y emocional». Entre las actividades más novedosas figura la escuela de familia. Los parientes de los pacientes comparten jornadas con ellos, asisten a las terapias y se les alecciona sobre los procedimientos y técnicas para que, de vuelta a casa, puedan practicarlas no solo para mejorar el bienestar del enfermo, sino para hacerse ellos mismos la vida más fácil.
«Un enfermo de alzhéimer no es consciente de que lo es y la familia no lo entiende. Se generan verdaderos dramas familiares. El hijo se va porque no aguanta al abuelo. La madre le grita porque no quiere comer o andar. No son capaces de comprender que se les ha olvidado abrir la boca, masticar o echar el pie hacia adelante. Todo eso, aparte de los episodios agresivos, provoca depresiones, ruptura de matrimonios. En determinada etapa no se reconocen en los espejos y te dicen &lsquoesos que están ahí nunca te dicen nada, no les digas ni hola&rsquo. Es una enfermedad devastadora», explica Víctor Domínguez, responsable de Formación y Asistencia Técnica. Los residentes le abrazan cuando cruza las dependencias. Víctor se interesa por su estado y siente a flor de piel la recompensa. «Un abrazo o un beso les hace felices, necesitan mucho cariño y, a veces, en su casa no lo encuentran».
Evaluación y resultados
El edificio dispone de un centro de día, con 24 plazas, y tres módulos residenciales de 13 plazas cada uno, además de dos módulos de respiro familiar, donde se alojan las familias. La lista de solicitudes no para de crecer. Han tratado ya a más de doscientas personas con diferentes demencias y otras 250 esperan su turno. González Ingelmo comenta que pronto tendrán los resultados de las primeras terapias aplicadas estos dos años. A los enfermos se les evalúa constantemente. Incluso cuando salen del centro. «Hacemos un seguimiento de aquellos sitios donde van. Cuando salen de aquí, lo hacen con un programa de intervención detallado, para que lo lleven a cualquier lugar y sepan cómo hacerlo. Y la familia está preparada y educada para que se preocupe de que el enfermo haga sus ejercicios y las prácticas, sepa cómo actuar y adónde dirigirse. Descarta que sufran depresión o empeoramiento, pero recuerda que una de las peticiones de las familias es que los centros de día creen esas unidades de demencias para poder continuar con los programas.
De lo que está convencida es de que las terapias que se aplican «postergan el desarrollo evolutivo de la enfermedad. Hay personas que llegaron con niveles de comunicación muy bajos y de actividad física y se han ido recuperando». Aunque todavía no tengamos evidencias científicas, está claro que aumenta su calidad de vida». Lo mismo piensa María José Sánchez. Su madre mejoró en Salamanca, pero en cuanto salió sufrió una recaída. «No sabemos si porque la enfermedad sigue su curso». Su madre ya no la reconoce. Ha tenido que ingresarla en una residencia de ancianos.
Otro ejemplo del efecto positivo de las terapias lo encarna Victoria. «Yo vine aquí hecha polvo y hoy ni yo misma me reconozco. No me importaría quedarme, pero ya me echan. A ver si me hallo en casa, que estoy diez días con cada hijo. Si no me siento bien, tendré que ir a un centro. Me han dicho que tengo la sangre muy gorda, pero con la gimnasia se me han quitado las varices». Angelita lo tiene peor. Con problemas familiares graves, desconoce su destino.

Fuente: elcomerciodigital.com 
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