Los coches se han convertido en los dueños de las ciudades, cuya arquitectura no tiene en cuenta los espacios para fomentar el juego seguro. “Los niños han perdido la calle”, resume el pedagogo italiano Francesco Tonucci, creador del proyecto La Ciudad de los Niños

Francesco Tonucci, también conocido por el seudónimo “Frato“, es un pensador, psicopedagogo y dibujante italiano. Es autor de numerosos libros sobre el papel de los niños en el ecosistema urbano y de artículos en revistas italianas y extranjeras.

Esta iniciativa, que nació en Italia en 1991, busca que los más pequeños recuperen “autonomía y libertad”. En España, se han adherido a este proyecto más de 20 ciudades repartidas por Catalunya, la Comunidad de Madrid, País Valencià, Castilla y León, Andalucía y Extremadura.

El motivo que aducen los padres para no dejar que sus hijos jueguen solos en la calle es la falta de seguridad que hay en las grandes ciudades. “Y los políticos solventan este problema incrementando la vigilancia con policías y cámaras”, critica Tonucci, quien considera que estas acciones “solo contribuyen a aumentar el miedo de los padres”.

El proyecto la Ciudad de los Niños fomenta la “autonomía infantil” con los caminos escolares, una iniciativa muy extendida en España que consiste en avisar a vecinos y comerciantes (en lugar de policías) de que, durante ciertas horas del día, pasaran grupos de niños solos que van al colegio o vuelven a casa.
“Los padres asumen que la ciudad no permite que sus hijos vayan solos por la calle”, denuncia Tonucci, que propone que “la sociedad, y no tanto los políticos, se preocupen de que los niños puedan salir de casa sin tener continuamente un control directo sobre lo que hacen”.
En algunas zonas de Madrid, por ejemplo, los progenitores pueden estar absolutamente tranquilos los domingos por la mañana. Un tramo de la calle de Fuencarral (entre las glorietas de Quevedo y Bilbao) y otro de la calle Argentales, en el barrio de San Blas, permanecen unas horas cerrados al tráfico. En estas zonas protegidas, los niños se apoderan de las calzadas, que durante la mañana se convierten en campos de fútbol improvisados o en pistas de competición de bicicletas y patines. Los pequeños juegan a sus anchas y los padres pasean tranquilos, sin preocuparse de los coches. La calle de Fuencarral incluso toma forma de parque recreativo, con piscinas de bolas y futbolines humanos.
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